Sociedad
¡El vestido! Un asunto nacional
Especial para Noticias Argentinas por Juan Becerra, desde Londres.
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¡El vestido! Un asunto nacionalLa guardia real está "a full" por estos días. Foto AFP/NA.
"¿Qué me pongo?". Kate Middleton ya tiene la respuesta a la pregunta que asedia el ánimo y altera los nervios de una novia en vísperas de boda. Pero millones de inlgeses se han lanzado a la
especulación, como en una lotería de la forma. Se habla de que se pondrá un vestido de 1880 que la reina tiene bajo siete llaves, pero el misterio por ahora no cesa.

Mucho más práctico, y aprovechando que la prensa pasa por un momento de gloria -los diarios y las revistas se agotan apenas aparecen-, el diario The Times llamó a un corcurso organizado por
la sección de modas para que sus lectores imaginaran, a mano alzada, el vestido nupcial.

El resultado es un catálogo de figurines que incluyen los arreglos florales y hasta los gestos -de felicidad o de indiferencia- que tendrá quien a partir de mañana entrará por un a puerta de Westminster como hija de vecino y saldrá por la otra como princesa de Gales.

El vestuario de la novia es un asunto nacional del que opinan hasta los nudistas. Por supuesto, no debería tener importancia lo que cualquier mujer se echa encima pero, en el caso de Middleton, su guardarropas ha generado debates ideológicos desde el origen de su relación con William. Los hechos tienen su historia.

En 2007, cuando disfrutaba de una libertad civil que se apagará en pocas horas, la futura miembro del clan Windsor entró a las tiendas Top Shop -una de las más populares de Regent's Street, la avenida de la moda- y compró un vestido por unos pocos dólares.

Fue suficiente que le tomaran una foto para que la versión del vestido se agotara en todos sus talles. El efecto, en el que los publicistas de la Corona no pudieron no haber reparado, fue un
golpe maestro de presentación en sociedad: la prometida del príncipe usaba ropa al alcance de "cualquiera".

Desde entonces, Top Shop se fue para arriba mientras Kate montaba el show de irse "para abajo", mezclarse con el consumo modesto y equipararse a generaciones enteras de mujeres inglesas que soñaron con un príncipe azul.

Con Middleton en la cima del repertorio que anima las charlas en los hogares y los pubs, las figuras públicas, y también las anónimas, no dan abasto para pensar modos de, como quien dice,
salir en la foto. Se publican extrañas confesiones de ex compañeros de William en la RAF, quienes recuerdan asuntos olvidados -uno de ellos: su participación en un opertivo anti
drogas en julio de 2008- con un tono de epopeya del que siempre carecieron.

En la lista aparece también Samantha Cameron, la mujer del Primer Ministro, posando con una bandeja de dulces recién horneados, su oportuna contribución a la fiesta, pequeña pero
intensa, que habrá en Downing Street en honor a los consortes, de la misma manera que una persona podría festejar, sola en su casa, el cumpleaños de otra.

Pero el caso más extremo es el de la fábrica de helicópteros Russian Helicopters, proveedora de grandes clientes, que colocó sus avisos en los diarios congratulándose de la fiesta con una
ilustración digna de la guerra fría: la máquina se suspende en el aire mientras baja un enorme paquete -que nadie sabe qué contiene- sobre los jardines de Buckingham.

A esta altura, en la que se acelera la cuenta regresiva y se toman decisiones del orden del me quedó o me voy, Londres está, aunque nadie pueda creerlo, vaciada de millones de sus habitantes
que han salido para los feriados de Semana Santa -que aquí no son santos sino meros bank holiday: vacaciones bancarias- y continuarán en sus retiros hasta que pase el casamiento real y
puedan regresar a una ciudad un poco más suya.

De hecho la revista Time Out, la legendaria guía de actividades ociosas y consumo cultural que marca el paso de los londinenses, acaba de salir con dos ofertas, ambas irresistibles: un circuito
"inteligente" de la boda con recomendaciones de los puntos de vistas más altos para ver el ingreso de los novios a Buckingham; y las recomendaciones para escapar del frenesí, ilustradas con un sick bag (la bolsa que entregan los aviones para descargarse en caso de un mal vuelo) con fecha del 29 de abril de 2011.

El clima no es homogéneo. Así como hay pros y antis, también hay súbditos de la vieja guardia y de la nueva, además de los memoriosos que comienzan a agitar la referencia del casamiento del
Principe Carlos con Diana Spencer, famoso porque el heredero nunca miró a la novia durante el sacramento (como vimos, tampoco lo hizo después).

Entonces, en 1981, la pinta de cerveza (600 cc), los cigarrillos y la llamada telefónica local costaban menos de la mitad que lo que se pagan hoy. Pero ahora, como sucedió en la boda
de Carlos pero también en la coronación de George V en 1911, ocurrirá lo mismo: los súbditos más felices por el aconteciminto real cortarán las calles y bailarán hasta que algo -las rodillas o
el hígado- digan basta.

Ya hay un ránking de las geografías inglesas más favorables a la boda, medido por los permisos de fiestas callejeras solicitadas a las autoridades. De las ciudades, la primera es Bristol; de los
condados, Hertfordshire; y de los barrios de Londres, Bristol. Hay cierta lógica que en los barrios como Camden Town o Brixton, la milonga monárquica pase casi desapercibida. Sin embargo, los
números del consumo, como era de esperar, son alentadores.

Inglaterra está en crisis. En el primer trimestre del año, la venta de cerveza en los pubs bajó el 3,8 % respecto del año anterior. El horror psicológico que este hecho produce en la economía y la cultura británica es elevadísimo. Hoy mismo leí en un teléfono público, escrita con fibra indeleble, la siguiente revelación: "Inglaterra se construyó sobre el alcohol".

No parece que el anónimo esté mintiendo. Pero el temor a la abstemia no podrá arraigarse esta semana. La British Beer and Pub Association ha calculado el consumo de pintas de esta semana
-¿están sentados?- en 100 millones, con una ganancia de alrededor de 1000 millones de dólares, más otros tantos correspondientes a compras generales.

Es hora de cenar. En Marble Arch, la zona de Mayfair, rica en propiedades y trafico de influencias (acabo de ver en la vidriera de Jimmy Choo zapatos de mujer por tres mil libras) hay una
avenida de restaurantes indios y otras yerbas. A veinte metros de aquí, custodiado por expertos, está la casa de Tony Blair.

De pronto, a una cuadra de unos de los lugares más vigilados de Londres, una bestia al volante toma la curva que rodea el Marble Arch y se filtra como lo que es, un arma rodante, en contramano. Va, viene, pega en el cordón, se cruza y choca de costado a otro vehículo. El ruido, un gong apagado, hace girar de golpe la cabeza de los ángeles de Blair. Les acaba de salir un trabajito.

Londres, Reino Unido, NA.

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