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"Autorretrato con el perro negro" (1842), de Gustave Courbet, el pintor que no hizo nada como los demás

Según Cézanne, Courbet: "Es la introducción lírica de la naturaleza, del olor de las hojas mojadas, de las paredes musgosas del bosque, en la pintura del siglo XIX [...]. ¡Y la nieve; ha pintado la nieve como nadie!".

Por Gisela Asmundo

Licenciada en Historia del Arte

Gustave Courbet (1819-1877) fue el pintor que le dio nombre al movimiento artístico denominado Realismo.

Cuando inauguró una exposición individual de sus obras en una barraca de París, en 1855, la tituló Le Réalisme, G. Courbet.

No pretendía ser discípulo más que de la naturaleza. Hasta cierto punto por temperamento y por programa se lo podría comparar a Caravaggio, al no desear la belleza sino la verdad.

En 1854 Courbet escribió en una carta:

“Confío siempre ganarme la vida con mi arte sin tener que desviarme nunca de mis principios ni el grueso de un cabello, sin traicionar mi conciencia un solo instante, sin pintar siquiera lo que pueda abarcarse con una mano solo por darle gusto a alguien o por vender con más facilidad”.

Cuando observamos los autorretratos de Courbet, porque son muchos, descubrimos que sintió un enorme placer y satisfacción al autorretratarse.

En ellos pareciera buscar el porqué de la existencia, el autoconocimiento, el transcurrir de su propia vida y la eternización como lo hicieron muchos maestros, basta mencionar a Rembrandt, admirado por éste artista y posteriormente Van Gogh.

En el “Autorretrato con el perro negro” Courbet se representó con una condescendencia ingenua y misteriosa, con la actitud teatral y hasta enfática de la que gustó adoptar en su vida, forjándose una imagen de héroe romántico al estilo Byron.

En el autorretrato “El Desesperado”, esbozó el terror y la locura, y en “El hombre Herido” un agonizante sosiego; que interpreta al hombre que la muerte libera del amor o al hombre en que la belleza se revela sólo en el sufrimiento.

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El Desesperado, 1845, Courbet. Oleo sobre lienzo, 45 x 54 cm. Colección Privada.

El mismo Courbet confiaba a su amigo el filósofo Proudhon: ”…la verdadera belleza sólo se halla entre nosotros en el sufrimiento y el dolor”:

En estas obras lo que llama la atención es su mirada evidenciando su personalidad determinante, “a todo o nada”.

André Gill, (caricaturista francés del siglo XIX), recuerda estar impresionado por el poder de los ojos de Courbet:

"Mirándolo, a menudo pensaba en su increíble poder de visión. Los imaginé enfocándose en un fragmento de la naturaleza, absorbiéndolo, por así decirlo, y aprisionando para siempre la imagen debajo de sus párpados”.

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El hombre herido, 1844, Courbet. Oleo sobre tela, 81 x 97 cm. París, Musée d’ Orsay.

E. Gros Kost recuerda cómo Courbet se levantó durante una cena en Maizières y salió al jardín. Cuando los otros invitados después del postre se le unieron, lo encontraron apoyado contra un árbol, sosteniendo su pipa en la mano. "Sus ojos bien abiertos y fijos, él solo mirando”.

Ambos, A. Gill y E. Gros Kost en sus reminiscencias y caracterizaciones, referidas al maduro artista Courbet, lo señalaron como un soñador, un vidente, cuyo poder de visión envolvía a la naturaleza; siendo esto aptamente aplicable al autorretrato temprano de 1842 como marco de la teoría y critica del arte Romántico tardío.

Aproximación a la obra “Autorretrato con el perro negro” de 1842:

Esta obra le permitiría entrar por primera vez en El Salón de 1844.

El artista se pintó en un paisaje que probablemente sea el valle de Bonnevaux, en su provincia natal, conforme a la moda romántica introducida por los pintores ingleses del siglo XVIII.

Su propia figura envuelta en un abrigo negro junto con el perro conforman una composición piramidal que se destaca frente a la gran roca de tonos ocres y dorados. En el fondo y a lo lejos se aprecia el paisaje que gracias a la perspectiva aérea construida a base de tonalidades grisáceas y blancas se percibe como distante.

En este autorretrato ya se esboza la madurez de su personalidad artística en la utilización de los colores; sus tonos profundos con dorados violentos más fríos a la sombra, con el negro. Y el gris del cielo, este detalle delata como Courbet trató el color, utilizando por primera vez la espátula, la cual luego no abandonará para extender la materia densa en la tela y darle el aspecto informal de una superficie que a veces parece helada, a veces agrietada y a veces quemada como arcilla seca.

La figura de Courbet nos mira altivamente, con una aparente relajación y dejo irónico, mientras que el perro permanece erguido e impávido sentado de frente. El rostro del artista se ilumina y emerge bajo las alas del sombrero y sus cabellos oscuros y largos le confieren un aire romántico a su investidura, sosteniendo en su mano una pipa, en vez de un pincel.

Ningún antiguo maestro anterior al siglo XIX, viene a mi mente, autorretratado en el exterior y establecido en un escenario bastante inusual como lo hizo Courbet. Sin seguir bien la conocida fórmula de los retratos neoclásicos de naturaleza científica.

“Autorretrato con el perro negro” se puede vincular con el Retrato de Alexander von Humboldt, (naturalista y explorador prusiano, cuyos viajes de exploración fueron comparables a los de Darwin) pintado por el maestro de Courbet, Charles von Steuben, una obra extremadamente conocida en Francia del siglo XIX.

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Retrato de Alexander von Humboldt, 1812, Carl von Steuben.

Ambos, erudito y artista están sentados en una saliente rocosa con vistas a un valle aparentemente descansando de un viaje de dibujo, como denota el cuaderno de esbozos detrás de la espalda, en el autorretrato de Courbet.

La prominente presencia de los cuadernos de notas en ambas obras sugieren la exhaustiva observación de la naturaleza en materia de un científico natural, como lo vieron los pensadores románticos de la época. Aunque para nosotros hoy en día la observación científica parece estar en desacuerdo con "soñar frente a la misma”.

Gustave Courbet:

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Gustave Courbet nació el 10 de junio de 1819, en el primer piso de su hermosa casa de Ornans en Doubs, hoy en día transformada en su museo. En esa casa también nacieron sus cuatro hermanas, Clarisse, Zoé, Zéile y Juliette, que fueron sus modelos preferidas.

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Autorretrato, El Hombre con pipa, 1849. Oleo sobre tela 45 x 37 cm. Montepellier, Musée Fabre.

En un granero adyacente, su padre hizo construir treinta años más tarde el estudio en que el artista pintaría dos de sus cuadros más convertidos:Los picapedreros y el Entierro de Ornans.

Gustave parece haber heredado su vigoroso temperamento de su padre, terrateniente y personalidad destacada de la región de Franche-Comté.

A los 18 años, Gustave fue al Collège Royal de Besançon. Allí expresó abiertamente su descontento con las asignaturas clásicas tradicionales que se vio obligado a estudiar, llegando a liderar una revuelta entre los estudiantes.

En 1838 se matriculó como externo y simultáneamente pudo asistir a las clases de Charles Flajoulot, director de la École des Beaux-Arts. En el colegio de Besançon, Courbet se hizo amigo rápidamente de Max Buchon, cuyo Essais Poétiques (1839) ilustró con cuatro litografías.

En 1847, tuvo un hijo fruto de la relación con la modelo Virginie Binet, pero nunca llegaría a casarse. “En arte…un hombre casado es un reaccionario”, sostenía.

En aquella época su pasión estaba derramada por su admiración a Rembrandt y a Franz Hals, visitando Holanda para contemplar las obras.

Al año siguiente participaría de la Revolución de 1848.

Solía frecuentar la Brasserie Andler, junto con otros intelectuales como Charles Baudelaire, con quien entabló una amistad, Proudhon, Vallée, Daumier y el crítico Champfleury.

En 1849 realizó Los picapedreros, cuya temática dio lugar a grandes polémicas, al narrar el desamparo de los trabajadores. El tema surgió de su encuentro cerca de Maisères, en donde divisó en el camino a dos hombres picando piedras. Habiendo quedado impresionado, por esa condición de subsistencia tan imposible de salir.

Sus cuadros causaban escándalo debido a su realismo sin amagues.

El contenido social de sus pinturas molestaba, y además Courbet era un personaje pasional, histriónico y testarudo que no agradaba fácilmente.

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Los Picapedreros, 1849, Courbet. Oleo sobre tela 165 x 257 cm. Destruída en La Segunda Guerra Mundial.

Jules Vallès comentaba al respecto. “Juramentos de menosprecio, remachados con puñetazos en al mesa y alzamientos de hombros que recuerdan a un caballo piafando que sacude sus arneses encabritado o encelado”

A Ingres y Delacroix les impactó la obra, por esa concepción diferente, demasiado explicativa y demasiado nueva.

Courbet era una persona abiertamente socialista, situándose siempre al lado del pueblo y de los revolucionarios; en 1848 contra Luis Felipe; y a partir del año 1851 contra Napoleón III, hasta su adhesión a la Comuna de París, tras la caída del Imperio.

Un año antes de La Exposición Universal de París, sus cuadros fueron expuestos en Frankfurt, con gran éxito, lo mismo ocurrió en Viena y en Berlín.

La Exposición Universal de París había rechazado la obra enviada por Courbet, adjudicándole la etiqueta de rebelde.

El asunto fue el siguiente, en 1855, el pintor fue convocado por el conde Nieuwerkeke, primo de Napoleón III y director general de los Museos Imperiales, para presentar ante el jurado de la exposición un boceto de su obra, una alegoría de los siete años de su trabajo, denominada, “El taller del artista”.

La pintura representa su estudio completo de personas relacionadas con su carrera. Individuos que lo habían ayudado y guiado por esos años como Baudelaire y Proudhon. No solo pretendió reafirmar esos ideales que lo habían conducido sino que también tangiblemente representó sus teorías artísticas y políticas. Al representar las metáforas que significaban la muerte del arte académico y romántico y tratar también de definir a través de la elección de los personajes, las diferentes clases que componían la sociedad.

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El Taller Del Artista, 1855, Courbet. Oleo sobre tela 359 x 598 cm. París, Musée d’Orsay.

Courbet expresaba: “Solo he querido tomar del completo conocimiento de la tradición el sentimiento razonado e independiente de mi propia individualidad. Saber para poder, ése fue mi pensamiento”.

El resultado fue que el cuadro no fue admitido en la Exposición, y lo mismo sucedería conLas Bañistas y El Entierro de Ornans.

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Las Bañistas, 1853, Courbet. Oleo sobre tela 227 cm × 193 cm. Musée Fabre, Montpellier.

En un acto famoso del arte francés moderno, por su desafío revolucionario e independiente, Gustave Courbet organizó una exhibición individual al ser rechazado durante la Exposición Universal de 1855 en París. Insatisfecho con la selección de obras del jurado para el Salón, y con la esperanza de capitalizar los miles de turistas que llegarían a la capital francesa para ese evento internacional, instaló 40 de sus pinturas en el “Pabellón del Realismo” de los Campos Elíseos; siendo una retrospectiva de sus trabajos hasta la fecha.

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Las Señoritas a Orillas del Sena, 1856, Courbet. Óleo sobre tela, 174 x 206 cm. París, Musée du Petit Palais.

Unos de los cuadros que marcaron el paso de Courbet del Realismo al Naturalismo fue “Las señoritas a Orillas del Sena”, presentado en el Salón de 1857, suscitando criticas por el tema.

Se trata de dos señoritas de costumbres ligeras, de las que se veían pasear en barca los domingos de verano en compañía de ocasionales caballeros. En esta obra pretendió aunar el esplendor de las mujeres y la exuberancia de la naturaleza. Evocando magistralmente la presencia y la sensualidad de las mismas, los cuerpos oprimidos por el calor y la atmósfera agobiante.

Courbet continuó su actividad frenética hasta 1861, y realizó otro viaje a Alemania, donde volvió a cosechar éxitos.

En Francia sus ideas anti y posrrománticas empezaron suscitar interés sobre todo entre los jóvenes. Se lo admiraba y se lo asediaba, de ese modo prácticamente coaccionado, aceptó a fines de 1861 abrir una escuela en la Rue Notre-Dame des Champs para un grupo reducido de alumnos, entre los que se encontraba Henri de Fantin-Latour.

Courbet estaba en desacuerdo con las escuelas y las enseñanzas de la época y por eso estipuló a sus alumnos unas paradójicas reglas:

No hacer lo que hacia él, no hacer lo que hacían los demás, no hacer lo que antes hizo Rafael, bajo pena de suicidio artístico. En definitiva, hacer lo que se quisiera, lo que se sintiera, lo que se viera…

¡Y Courbert… así lo hizo!

En el año 1866 pintó "El origen del Mundo" una controvertida pintura, oculta durante gran parte de su historia, ahora se exhibe en el Musée d’Orsay, el Estado francés la recibió en 1981 pero continuó almacenada hasta 1995.

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El Origen del Mundo, 1866, Courbet. Oleo sobre tela 46 x 55 cm. París, Musée d’Orsay.

Más allá de lo audaz y directo del tema y el shock que aún sigue generando un siglo y medio después, por ser demasiado moderna, lo que la aleja de una imagen pornográfica y la convierte en una obra maestra es el tratamiento y refinamiento del color.

El color ámbar de la piel del cuerpo es sutil y deslumbrante. Y la maestría en la utilización de las capas de pintura, el tratamiento de la luz con pinceladas amplias y sensuales al estilo de la Escuela Veneciana recuerdan a los maestros Tiziano, Correggio y Veronés, el mismo Courbet sostenía ser su descendiente directo.

Un historiador francés Claude Schopp, biógrafo de Alejandro Dumas, sostuvo que develó a la misteriosa mujer que inspiró el lienzo.

Se trata de Constance Quéniaux, una bailarina de la Ópera de París, que interpretó pequeños papeles antes de convertirse en una cortesana solicitada por algunos de los hombres más poderosos de la capital francesa.

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Constance Quéniaux, en una imagen tomada por Félix Nadar.

Con semejantes ideas, no es sorprendente que las clases de Courbet duraran sólo unos meses.

Por una parte esto sirvió para abrir mentalidades y por otra no hizo más que aumentar enemigos y adversarios del Realismo.

Su rechazo a la Legión de Honor hizo que las susceptibilidades aumentaran a gran escala y rechinaran muchos dientes.

“Mis opiniones de ciudadano se oponen a que yo acepte una recompensa que procede directamente del orden monárquico”, alegó.

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Jo, La Bella Irlandesa, 1865, ca. Courbet. Oleo sobre tela, 54 x 65 cm. Estocolmo, Nationalmuseum.

Tras la derrota de Napoleón III en Sedan, Courbet fue elegido presidente de la Superintendencia de los Museos Nacionales.

Encargándose de proteger los monumentos de la capital de los riesgos de la guerra, tarea que realizó debidamente; pero cometió un error garrafal al hacer votar una petición para derribar la Columna Vendôme, monumento que juzgaba desprovisto de valor artístico por ser “tendente a perpetuar en su expresión las ideas de guerra y de conquista, propias de una dinastía imperial”, ideas que eran completamente contrarias a la idea de una nación republicana.

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La ola, 1869/1870, Courbet. Oleo sobre tela 63 x 92 cm. Kunstinstitut Städelsches, Frankfurt.

El 16 de Mayo de 1871, cinco días después de haber dejado su cargo de presidente de la Federación de Artistas, La Columna Vendôme fue derruida.

El 28 de mayo fue tomada la última barricada en París y el 7 de junio Courbet fue detenido.

La justicia lo acusó de “complicidad en la destrucción de monumentos” y lo condenó a seis meses de reclusión y a pagar 500 francos de multa.

Al salir de prisión sus males continuaron al ser embargados todos sus bienes por el Estado para reconstruir la Columna a sus expensas.

Se exilió en Suiza el verano de 1873, a Tour-de-Peilz, cerca de Vevey, donde se alojó en un viejo albergue de pescadores.

Entonces empezaría a sentir los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría con él, la hidropesía.

Enfermo, triste y solo, acosado por el fisco francés siguió pintando, pero sus cuadros ya no tenían la fuerza de antes.

Murió el 31 de diciembre de 1877 sin haber podido acudir a París al proceso que por fin lo rehabilitaría, apagándose con él unos de los espíritus más apasionados y talentosos de la historia del arte.

“Abrió todos los caminos y cambió el rostro de las exposiciones en Francia. Rechazado, mal ubicado…pintor del relleno utilitario, también es cierto que, sin él, se habría dejado de hablar de arte en Francia desde hace veinte años. Y es muy agradable pensar que es el único hombre que marcará el paso del Imperio por el arte”. Autobiografía de G. Courbet.

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