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"El Reposo", de Camille Corot (1796-1895)

Esta pintura del artista francés se encuentra entre las más hermosas y menospreciadas del siglo XIX.

Por Gisela Asmundo

Licenciada en Historia del Arte

La otra pasión que muy pocos conocían del pintor francés Jean-Baptiste-Camille Corot fue el retrato de mujeres, obras que jamás exhibió, porque fueron creadas para su colección personal.

“El Reposo” fue el único desnudo que fue exhibido en vida del artista, famoso por ser el innovador en la historia de la pintura del paisaje.

Una vez Corot aconsejó a un alumno suyo el estudio del desnudo: “La mejor clase que un paisajista pueda recibir. Cuando se es capaz de retratar a un personaje sin dificultad, ya se es capaz de pintar un paisaje. De otro modo no se consigue”

La obra figurativa de Corot se compone en gran parte de tres motivos principales: desnudos, figuras individuales vestidas en tres cuartos y de cuerpo entero, y una serie tardía de alegorías centradas en su estudio.

Entre la década de 1840 y principios de la década de 1870 Corot pintó una serie de elegantes desnudos femeninos en escenarios exteriores de ensueño.

El Reposo, expuesta en el Salón de París en 1861, pertenece a una rica tradición de desnudos clásicos que se remonta a los maestros renacentistas italianos Giorgione y Tiziano.

Esta obra es una variación del siglo XIX sobre este tema clásico, también recuerda las exóticas odaliscas del Cercano Oriente de Jean-Auguste-Dominique Ingres, casi contemporáneo de Corot.

Pero en esta pintura de Corot, la mujer es una bacante o seguidora de Baco (Dionisio), el dios griego del vino. Las bacantes eran criaturas del bosque que adoraban la naturaleza y, a menudo, encarnaban emociones e irracionalidad.

Corot añadió a esta figura la emoción del momento solemne de la naturaleza y la emoción del dios del vino, vivida con la pasión de un enamorado rodeado de mujeres salvajes.

Aparece el uso del sfumato en los planos y una equilibrada disposición espacial de las masas, que se fusionan en la luz, la brisa, y la frescura.

Corot sostenía al respecto: “No tengo prisa por el detalle: las masas y el carácter de un cuadro me interesan ante todo”

Esta bacante descansa sobre la piel de una pantera, atributo de Baco, pero la tradicional corona de vid en su cabeza está entrelazada con una moderna cinta francesa para el cabello.

Las pinturas de figuras de Camille Corot nos presentan el enigma de la vida interior, basta con conectarse con la mirada de esta bacante tan convincente que revela y conjura lo impenetrable.

Estos retratos de mujeres tienen que ver con el amor a la naturaleza humana, a la sensibilidad, muchas veces de la desnudez, al momento íntimo en donde surgió la espontaneidad más que la pose, al dejarse llevar, al placer de sentirse observadas.

Todo esto, en pocas palabras, es lo que hace que las pinturas de mujeres de Corot sean tan conmovedoras.

“El Reposo” con sus tonos cálidos pero también ligeramente hollínosos, su geometría y colores deslumbrantes, de exótica melancolía se encuentra entre las más hermosas y menospreciadas obras del siglo XIX.

Esta bacante en su posición absoluta mientras se recuesta desnuda sobre una piel de leopardo es sin duda una figura sensual, pero con su seguridad ella es dueña de lo que emana; no nos está ofreciendo su desnudez por placer voyerista del espectador, sino que gira su cuerpo hacia otro lado mientras su rostro se relaciona francamente con el mismo.

Corot encanta en particular por la forma en que pone la línea del horizonte debajo de su cuello como si separara la presencia psicológica cerebral de su cuerpo.

Los críticos de la época estaban bastante inquietos por esta imagen, la reseña de Alfred Delavau del salón de 1861 comenta lo “sucia” que le parece:

"En los tonos marrones de ciertas partes de este hermoso cuerpo se percibe una cierta escabrosidad que sigue siendo de lo más desagradable de contemplar. Esto me sorprende, porque en el paisaje de Monsieur Corot hay mucha agua para bañarse”.

Esta reseña de 1861, varios años antes de que Manet subiera la apuesta de Corot con la notoriamente escandalosa desnudez de su Olympia, nos da una idea del momento.

Tanto Corot como Manet caminaron por una delicada línea entre la especificidad de la persona que pintaron y el ideal, el desnudo versus la idealización del mismo, y por supuesto, todo este tema se complicaba aún más con el advenimiento de la fotografía específicamente en la década de 1860.

El estudio fotográfico del desnudo de modelos fue muy comercializado por los fotógrafos en ese momento, porque era mucho menos costoso y complicado que contratar una modelo para pintarla.

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Olympia, 1863, Édourd Manet

En la década de 1860, estas herramientas de los artistas se trasladaron a un nuevo tipo de mercado clandestino que las autoridades llamarían obscenidades, y básicamente se convirtieron en pornografía.

Los escuadrones policiales estaban por todo París en las décadas de 1860 y 1870, comenzando a regular y a tomar medidas enérgicas contra los consumidores, productores, distribuidores y las propias modelos.

Las fotografías confiscadas servían para identificar a las mujeres que muchas veces se prostituían en las calles.

La modelo del El Reposo es reconocida, y Corot seguramente utilizó una fotografía de ella.

Cuando Corot murió un lote extenso de fotografías de desnudos estaban catalogadas en su estudio y seguramente fueron compradas por un coleccionista, lamentablemente para los historiadores no fue posible encontrar la colección de las mismas.

El historiador de arte David Ogawa cree haber localizado a la modelo real de la fotografía que el pintor podría haber usado como figura y, de hecho, considera que su rostro aparece en otras pinturas del artista.

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Jean-Baptiste-Camille Corot, ca. 1850

Jean Baptiste Camille Corot nació en la ciudad de París el 17 de Julio de 1796, siendo su padre Jacques Louis Corot, peluquero, escribano y comerciante en telas, y su madre Marie Françoise Oberson, modista de moda.

Con respecto a su biografía es muy pobre de datos referentes a su vida.

En 1812, Camille fue expulsado del colegio que desde 1807 frecuentaba en Ruán, y a los 19 años era todavía un niño grande, tímido y rechoncho que frecuentaba a escondidas la pintura.

En 1815 su padre en vano intentó encaminarlo al comercio de tejidos, pero con 26 años Camille ya estaba dispuesto a jugarse por su verdadera pasión, la pintura.

Su padre le concedió una pensión de 1500 francos diciéndole: “Esta bien haz lo que te apetezca. Ya que quieres divertirte, diviértete”.

Al día siguiente Camille Corot se trasladó al estudio de Michallon, ganador de un premio de Roma, que lo alentó a observar la naturaleza y a reproducirla con espontaneidad. A la muerte de su maestro Camille pasó al taller de Victor Bertin, un paisajista histórico.

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Fontainebleau: Robles en Bas-Bréau, 1832-33 Camille Corot, Met Museum.

Lo curioso es que Camille Corot visitaba los museos no para copiar a los grandes maestros sino para retratar a los visitantes y pintores de caballete, en 1822 empezaría sus apuntes en el bosque de Fontainebleau.

A fines del verano de 1825, su padre le pagó un viaje a Italia, la cuna del arte para los jóvenes artistas.

Viajó a Roma con su amigo Bert, quien lo inició en el placer de fumar en pipa.

Corot sentía, como paisajista nato, un amor profundo por el clima suave y la atmósfera de Italia. Trabajaba como un loco pero gracias a su temperamento afable y animado atraía siempre la compañía de jóvenes colegas.

Pero extrañaba mucho a sus padres, Camille adoraba a su madre, la nostalgia del alejamiento tuvo que vencerla con su amor a la pintura.

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Puente de Narni, 1826-1827, Corot. Oleo sobre tela 36 x 47 cm. Ottawa, National Gallery of Canada.

Esta vista del puente es una obra maestra excepcional; la profundidad está conseguida mediante una composición simple, y sobre todo mediante la perspectiva área, dándole a este paisaje de vista de pájaro diversos matices tonales transparentes y verdes azulados.

Trabajó multitud de dibujos que nos permiten seguir sus peregrinaciones por toda Italia, desde la campiña del Lazio, Viterbo, Papigno, Narni, Nápoles, Verona, y Venecia.

En marzo de 1827 estaba en Roma desde donde mandó al Salón de Paris su Puente de Narni.

Es en Italia donde va a comenzar sus retratos de mujeres, desnudas y con trajes típicos.

De regreso a su país, vive en Ville d’Avray pero viaja constantemente por todo Francia en busca de nuevos paisajes, existencia itinerante que mantuvo toda su vida.

En 1830 la Revolución de Julio le sorprende en Chartres donde pinta la fachada occidental de la catedral de una manera insólita en su tiempo, su singular obra ha alcanzado ya la madurez.

El tema de la catedral procede de los ejemplos de Constable, conocido tras la exposición de París de 1824, pero es retomado por Corot con su especial poética.

En el Salón de 1831 sus obras fueron aplaudidas por el público, pero no por la crítica.

Sus exposiciones en este salón le harían acreedor de las medallas de segunda clase en 1833 (con sola una obra expuesta, Vista del Bosque de Fontainebleau) y 1849 así como a ser elegido miembro del jurado en 1848, 1849, 1864 y 1870. Además de la exitosa exposición en el Salón de 1860.

En sus viajes por Francia, frecuentó el bosque de Fontainebleau, donde entró en contacto con Charles François Daubigny, Théodore Rousseau y los paisajistas de la Escuela de Barbizón empeñados también en la renovación del género en la pintura francesa.

Poco tiempo antes de su segundo viaje al centro y norte de Italia en 1834, la acogida a sus pinturas era todavía muy fría. Recorrió junto con el pintor Grandjean, Génova, Florencia, Bolonia, y los lagos lombardos, sentía a Italia como su segunda patria.

En 1836 se encuentra en Francia, porque Italia estaba azotada por la epidemia del cólera. Corot buscó la luz mediterránea en Provenza y en Auvernia.

A partir de 1840 su fortuna había empezado a mejorar, la crítica lo sacó del subsuelo al que lo había sumido, y aún en su interior Camille seguía manteniendo el dialogo con su “dulce locura, invisible compañera de la eterna juventud”.

En 1843, El Incendio de Sodoma fue rechazado por el jurado del Salón, hasta incluso el rey se sintió conmovido y alzó indignadas protestas.

Ese mismo año regresa a Italia, donde reafirma la importancia que siempre le dio a la representación del volumen en el cuadro a través de la yuxtaposición de tonos diferentes.

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Odalisca Romana (Marietta), 1843, Corot. Oleo sobre papel 29 x 42 cm. París Musée du Petit Palais.

En Italia realizó una de la obras que corresponden a las pinturas privadas de mujeres, una de ellas es la maravillosa obra titulada Odalisca Romana (Marietta).

Realmente es una obra fascinante por diversos motivos, su diminuto tamaño y soporte, (está pintada sobre papel) no disminuyen la monumentalidad que sugiere esta obra maestra.

Esta pintura constituye una excepción en la producción de Corot, porque es la única obra que presenta una figura no incluida en el paisaje; además presenta una enorme modernidad, por el contexto de la época en la historia del arte.

Pareciera ser una anticipadora de la concepción espacial de Cézanne y de los cubistas, por como plasmó los volúmenes y los colores. Corot logró armonizar las tonalidades de los mismos, sintetizar las formas del cuerpo en la geometría y la abstracción de los volúmenes perfectos de la sugerente Marietta.

Su rostro y su mirada desafían al que la observa y sedujeron al maestro francés en la peculiaridad distintiva de agregar a la obra el nombre de la modelo, en un claro homenaje.

El público descubrió la grandeza de Camille Corot en los cuadros enviados al Salón con El concierto de 1844; Dafnis y Cloe y Homero y los pastores en 1845. El poeta Baudelaire le era favorable y en el año 1846 finalmente le fue concebida la Legión de Honor.

Tras la muerte de sus padres va a pasar el tiempo rodeado de amigos, ya que nunca se casó. Uno de ellos era Dutilleux en cuya casa Corot pasaba los veranos y también Théophile Silvestre que lo describía con afecto: “Os habla u os escucha dando saltitos sobre un pie o dos; canta con buena voz fragmentos de ópera, trabaja, fuma, se come la sopa encima de su estufa y te invita, incluso a compartirla con él, olvidándose de que no hay más que un plato y una cuchara…”

En 1852, la obra Puerto de la Rochelle, fue vendida, tras 18 años de una larga peregrinación por exposiciones.

Corot va alcanzar el éxito durante la Exposición Universal de París de 1855, en la que Napoleón III compró Recuerdo de Marcoussis.

Corot poseía un genio para la invención rítmica, para la orquestación vital de grandes formas y su resolución en detalles reveladores, todo ello exaltado por un potente sentido del color que animaba cada evento que se desarrollaba.

Siempre fue un hombre modesto ante el águila Delacroix, se consideraba a si mismo “una alondra que emite sus pequeños trinos en las nubes grises”

Siguió con su espíritu de viajero recorriendo Périgord, Holanda, Suiza y trabajando sin descanso.

Como sucede habitualmente en vida sus obras costaban valorizarse, es por eso que organizó una subasta en el Hotel Druot en 1858, la venta de 38 telas le procuró una suma considerable. En el Salón de 1860 su Danza de las Ninfas obtiene un éxito sin precedentes.

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La mujer de la perla, 1869 ca, Corot. Oleo sobre tela, 70 x 55 cm. París Musée du Louvre.

Sin duda alguna Corot fue el paisajista por excelencia del siglo XIX pero su talento parecía ser inmenso y eso se demuestra en sus cuadros de figuras.

Para Corot no existía diferencia entre la figura humana y la naturaleza.

La figura humana representaba para él un paisaje exótico por contemplar, y eso se puede observar en el retrato de sus mujeres con atavíos típicos.

La mujer de la perla es el sutil homenaje de Corot a la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci.

El historiador de arte Willibald Sauerlander señala que Corot había adoptado todo lo de su predecesor: el juego de las sombras, los ojos, la boca y las mejillas, las manos apoyadas una sobre la otra. Y continúa observando que lo que realmente diferencia a la pintura de Corot es que, en lugar del entorno salvaje y desinhibido del maestro Italiano, La Mujer de la perla, está impregnada de la naturalidad de los paisajes de Corot. “Es una Mona Lisa que ha leído a Jean Jacques Rousseau “.

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Chica Italiana, 1872, Corot. Oleo sobre tela 65 x 54,5 cm. National Gallery of Art, Washington.

Corot sostenía en una carta en su período de viajes por Italia: “Las mujeres más hermosas del mundo que yo conozco”.

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En esta obra como en otras similares, los vestidos, los colores, la combinación del corpiño y la falda, la actitud de la mujer y todos los elementos del paisaje parecen meros pretextos para expresar la nostalgia del recuerdo y la tristeza por el transcurrir del tiempo.

“Pinto el seno de una mujer como pintaría un recipiente cualquiera que contuviera leche”, en realidad Corot trató de disimular u ocultar su nerviosismo, y emoción ante las personas, de la que era capaz de pintar su turbación y lo más recóndito de su ser.

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Joven en una falda rosa, Corot

En 1874, la enésima vez que exponía en el Salón, el jurado le negó la medalla. Alrededor de sus setenta años, su salud sufrió algunos reveses y tuvo que resignarse a trabajar en el estudio, con excepción de cortos desplazamientos.

La muerte de su hermana, Madame Sennegon, contribuyó a desanimarlo totalmente, él que había sido tan alegre y amante de la buena cocina, "Un buen consomé, un buen vino, la buena música, las caras bonitas han sido mis únicas aficiones.”

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Retrato de Claire Sennegon, 1845 ca. Oleo sobre tela, 43 x 35 cm. París Musée du Louvre.

En 1874 participó con esfuerzo de un banquete organizado en su honor por sus amigos.

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Agostina, 1866, Corot. Oleo sobre tela, 132,5 x 97,5 cm. Washington, National Gallery of Art.

Corot fue precursor de Monet, con el Puente de Mantes, y parece que Renoir, su acreedor, exclamó diciendo ante ese cuadro: “Solo Lorrain, Corot, y Cézanne habrían podido pintar este paisaje”, determinando el hilo conductor en la gran tradición transalpina a través de los siglos. (Entender La pintura, 1995, p.32).

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Puente de Mantes, 1868, Corot. Oleo sobre tela 38 x 55 cm. Musée du Louvre.

El 22 de febrero de 1875, esperando que la ciencia médica le concediera un poco más de tiempo para pintar todavía un cuadro, cerraba los ojos a este mundo el formidable Jean Baptiste Camille Corot.

“Quisiera vivir para dar a conocer estos inmensos horizontes con cielos más rosas, más profundos, más transparentes”. (Gilardoni).

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