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Vinicius consagrándose en Baires, una saga de café, canciones, bohemia, poliamor y alcoholes

El poeta se convirtió en el brasileño más querido por el público argentino, en una historia llena de colores y dolores, que incluye el asesinato en 1976 de uno de sus músicos, ejecutado por un Grupo de Tareas de la Esma.

Por Carlos Polimeni

La historia empezó con el gobierno de Brasil intentando conquistar el mercado argentino de café mediante una estrategia comercial que aprovechaba el éxito de la bossa nova y terminó con la grabación en Buenos Aires hace medio siglo de dos discos fudamentales de la historia de la música latinoamericana, pero en el medio hubo un generoso cóctel de amores descontrolados, bohemia sin fin, litros de whisky y grandes canciones, que generaron un mito que perdura.

Los inspirados dos longplays de Vinicius de Moraes, Toquinho y compañía en el café concert “La Fusa”, grabados en “falso vivo” en un estudio de Buenos Aires hace 50 han sido reeditados en medio de la pandemia mundial con un sorprendente agregado: 12 temas inéditos, registrados con un grabador casero en algunas de las veladas privadas que varios grandes músicos brasileños tuvieron aquí dos años antes, lejos de los oídos del público.

Vinicius, que además de poeta era un diplomático atípico, más amigo de conquistar mujeres y tomar alcoholes que de los protocolos, no había sido hasta entonces en su país un solista importante, sino un buen compañero de otros famosos, pero al consagrarse aquí con aquellos discos logró un trampolín que lo elevó a una categoría en la que perdura, la de un grande entre los grandes, agotadas ya las polémicas que lo rodeaban en vida, que eran muchas.

Antes de su éxito en Buenos Aires, en Brasil solían decirle con sorna “el poetita” -pese a que se trataba del autor de las letras famosas como las de los temas “Garota de Ipanema”, “Chega da saudade”, “A felicidades”, “Insensatez”, “Agua de beber” y “Samba en preludio”- tal vez porque nadie es profeta en su tierra o quizás porque la parte más conservadora de su sociedad lo veía demasiado transgresor, lo que no ocurrió en un país como la Argentina, que suele premiar con un visto bueno anticipado a los extranjeros que la aman.

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La patente de “loco lindo”, ocasionó --como antes había pasado con el francés Paul Groussac y ocurrió después con el italiano Luca Prodan, por mencionar solo dos casos de extranjeros que lograron aquí más notoriedad que en sus países natales-- que Vinicius encontrara en la Argentina un público amoroso, además de una infrecuente atención de los medios, que le ayudaban a conseguir más contratos para actuaciones y le garantizaban poder expandir sus generosos efluvios amorosos.

“¿Cómo no iba a ser fascinante escucharlo decir sus versos si éstos sabían transfigurar en poesía los hechos de lo cotidiano, hablar del amor, de la infidelidad, de los celos, de los dolores de la separación y aún del dolor que siempre trae consigo la felicidad, porque se sabe pasajera?”, escribió sobre el impacto de su presencia aquí el periodista Fernando López, comentando un documentado libro de Liana Wenner llamado “Nuestro Vinicius”.

“¿Cómo no rendirse a la fascinación de sus anécdotas?”, agregó, si se trataba “del hombre que había estudiado en Oxford lengua y literatura inglesas, vivido en París, en Los Ángeles o en Roma y ejercido la crítica de cine antes de ingresar en el cuerpo diplomático (…) y frecuentaba a amigos como Pablo Neruda, Orson Welles, Oscar Niemeyer, Norman Mailer, Gilberto Freyre, David Alfaro Siqueiros y Louis Armstrong.

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Aunque Argentina sufría una dictadura oscurantista, la clase media culta, que recibió como propio y amó como a pocos al desenfadado carioca, vivía por entonces una especie de fiesta permanente que se extendería por un lustro, según aseguraba en vida el publicista y músico Jorge Schussheim, que consideraba la Buenos Aires de entonces era “uno de los tres ombligos jóvenes y revolucionarios del mundo, junto a Nueva York y Londres”.

En el entusiasmo por la descripción de esa realidad suele no mencionarse que estaba prohibida toda actividad partidaria y proscripto el peronismo, y en cambio se insiste con un cóctel de otros hechos notables, como la aparición de la píldora anticonceptiva, el principio de los feminismos, el impacto del asesinato del Ché Guevara en Bolivia, el Mayo Francés, sus equivalentes regionales, entre ellos el Córdobazo, y el entusiasmo de miles de jóvenes que sentían que podían tomar los cielos por asalto, mientras nacía lo que entonces se llamaba “moda unisex”.

Esta historia está llena de curiosidades, entre ellas que los dos famosos discos ahora reeditados en un solo CD fueron registrados en estudio en diferentes madrugadas repletas de “whisky a granel y mujeres bonitas”, por pedido expreso del propio poeta, y que la temporada de verano de 1971 del clan de La Fusa se concretó en Mar del Plata porque en Uruguay la clase media tenía le sensación de que el grupo armado Tupamaros podía alterar la rutina de la vida de vacaciones en Punta.

Cuando le tocó el turno a Mar del Plata todos los artistas estaban alojados en una casona residencial, con una lógica que Vinicius consideraba normal: compartir la comida, los viáticos, la bebida, la sobremesa, las conversaciones, y de ser posible, las mujeres, lo que generó un encontronazo con María Bethania, que no quiso compartir la suya, para alivio de Horacio Molina, que estaba casado con un sex symbol de la época la modelo y actriz Chunchuna Villafañe.

Para la llamada “izquierda champagne” argentina de entonces que Vinicius propusiera el equivalente a un poliamor de temporada no estaba lejos del espíritu de las orgías que se celebraban en algunos coquetos departamentos del centro porteño, que alguna vez el escritor Dalmiro Saénz – concurría a las que organizaban los actores Fernando Siro y Elena Cruz—defendió a capa y espada argumentando que le parecían “una excelente forma de amor, diversión y comunicación con las personas”.

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Vinicius, que terminó expulsado del Servicio Diplomático Brasileño después de haberlo integrado durante décadas --pero no por comunista o poliamoroso sino por sus incumplimientos de funciones por falta de sueño y exceso de bebida—no solo se enamoraba mucho, sino que ofrecía casamiento bastante seguido si se tiene en cuenta que tuvo al menos ¡nueve relaciones maritales!, la penúltima de ellas con la argentina Marta Rodríguez Santamaría, con la que se divirtió a mares unos años, cuando él tenía 61 y ella 23.

Las diferencias de edad no le representaban un problema mayor: cuando en 1962 escribió junto al genio musical Tom Jobim uno de los temas más grabados de la historia de la música del mundo, “Garota de Ipanema”, un elogio a la anatomía de una joven hermosa, sobre todo por el movimiento de sus caderas mientras caminaba rumbo al mar, la destinaria real, Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto, tenía 16 años.

Cuando tuvo que explicar en esos versos –“su balanceo es más que un poema es la cosa más linda que yo vi pasar”—dijo que había conseguido, gracias a aquella adolescente, retratar un paradigma carioca: “una mujer dorada, mezcla de flor y sirena, llena de luz y gracia pero cuya visión es también triste, pues lleva consigo, camino del mar, el sentimiento de lo que pasa, la belleza que no es nuestra, un don de la vida en su lindo y melancólico fluir y refluir constante."

En 1968, en un episodio que los conocedores bautizaron como “La guerra del café”, el Instituto Brasileño de Café detectó que en la Argentina el mercado de la segunda bebida más ingerida del mundo después del agua estaba dominado por Colombia, qué mediante una hábil campaña publicitaria, y un emblema, un personaje imaginario llamado Juan Valdés, había logrado una asociación directa entre su producción y los paladares argentinos,

Los expertos en marketing de Brasil contratacaron diseñando una campaña en que asociaron las bondades de su café con el éxito mundial de la bossa nova, un movimiento musical iniciado una década antes, pero cuyas figuras cumbres no habían visitado la Argentina, donde sin embargo tenían mucha difusión radial las canciones, sobre todo a partir de su desembarco del género en Estados Unidos, de la mano de Joao Gilberto y Tom Jobim, con Frank Sinatra entre los fascinados.

La ofensiva comercial que utilizaba la música como ariete, requirió una gran inversión publicitaria posterior, pero el comienzo fueron dos recitales en el invierno de 1968 en el Teatro Opera, a cargo de una embajada que lideraba Vinicius, compartiendo cartel con Dorival Caymmi, Baden Powell, el Quarteto em Cy y el pianista y arreglador Oscar Castro Neves, a los que una noche se sumó el mejor futbolista del mundo, Pelé, que estaba de visita en la ciudad con su equipo, el Santos.

Los brasileños, que apostaban al despegue de la que aún sigue siendo una de sus grandes industrias nacionales, estaban por entonces al principio de la larga dictadura 1964-1985 pero lograron con creces su cometido, ya que poco tiempo después Colombia dejó de ser el principal proveedor de los compradores argentinos de café, y nunca más pudo recuperar la iniciativa, hasta hoy.

En la Argentina de 2020, las estadísticas demuestran que se consume un kilo de café por año per cápita –o una taza cada dos días por habitante—y todas las grandes empresas del rubro, entre ellas Bonafide, Cabrales, La Virginia y Nestlé, compran en Brasil la materia prima, para modificarla, envasarla y comercializarla tanto en supermercados como en la provisión a negocios, bares y restaurantes.

En aquel 1968, en que aquí la dictadura de turno tenía como primera figura a un general vinculado al Opus Dei, Juan Carlos Onganía, los músicos brasileños se encantaron con el nivel de la vida cultural porteña y estrecharon lazos en varias reuniones en casas de amigos y empresarios con una pléyade de artistas que incluía a Astor Piazzolla, Horacio Ferrer, Eduardo Lagos, Hugo Díaz, El Cuarteto Zupay, Domingo Cura y Chico Novarro.

Durante el verano siguiente, un matrimonio uruguayo integrado por el dueño de una librerìa, Coco Perez, y la propietaria de una inmobiliaria, Sivina Muñiz, utilizó un espacio que nadie alquilaba para instalar en la parada 10 de Punta del Este, bajo el musical nombre de La Fusa, un reducto de café concert, por el que en las semanas siguientes pasaron Horacio Molina, Les Luthiers, Susana Rinaldi y Mercedes Sosa, entre otras jóvenes figuras prometedoras.

El éxito les sugirió la idea de fundar un local mellizo en Buenos Aires, que funcionó en la Galería Capitol, en Avenida Santa Fe entre Callao y Riobamba, en el que trabajaron artistas como Antonio Gasalla, Carlos Perciavalle, María Martha Serra Lima, Horacio Molina, Pedro y Pablo, Jorge de la Vega, Marikena Monti, Federico Peralta Ramos, Marta Minujín, Norman Briski y Marilú Marini.

Vinicius llegó primero como espectador, se hizo amigo de los propietarios y quedó sellado un pacto que le permitiría desembarcar durante las siguientes temporadas en los diferentes emplazamientos de la Fusa, en Punta del Este, Buenos Aires y Mar del Plata sumando a los músicos locales, en forma rotativa, artistas de su país (Dori Caymmi, María Creuza, Toquinho, María Medalha, Chico Buarque, María Bethania).

"Le encantaban las mujeres y la cacería, amaba al género femenino, tenía que estar en un estado de enamoramiento, su obra está muy dedicada al amor”. evocó cuando organizó aquí con Martha una muestra-homenaje a los 100 del nacimiento de Vinicius la artista Renata Schussheim, autora del arte de tapa de uno de sus libros publicados en la Argentina, no por casualidad llamado “Para una muchacha con una flor”

El poeta, que era percibido por los más jóvenes como el profeta de un tiempo mejor, había inventado el método perfecto para tomar whisky a rolete sin tropezar ni caerse, instalándose en una bañera llena de espuma, rodeado de botellas y cubitos de hielo mientras afuera reinaban la minifalda, la música de The Beatles, los ecos de las performances en el Instituto Di Tella y las obras que iban generando los grandes del nuevo cine argentino, los renovadores del teatro y la literatura.

De los recitales del invierno de 1970, salió el repertorio del primer disco llamado “Vinicius en La Fusa, con Toquinho y Maria Creuza”, que Alfredo Radoszynski editó a traves del sello Trova hace ahora medio siglo y de los de Mar del Plata el segundo registro, unos meses después, con el título de “Vinicius+Toquinho+María Bethania”, con la inclusión del primer registro local de un tema del joven hermano de la cantante, un tal Caetano Veloso.

El éxito también era editorial y a veces ocasionaba aglomeraciones en la Feria del Libro: en dos años De la Flor, cuyo dueño Daniel Divinsky había viajado en 1967 a Río para convencerlo de firmar un contrato, agotó quince ediciones del libro “Para vivir un gran amor”, que además exportó a Chile y Uruguay, y publicó luego otros cuatro, “Para una muchacha con una flor”, “Antología poética”, “Orfeo de la Concepción” y “El arca de Noé”.

La aparición durante la cuarentena en la Argentina de la edición especial de los discos originales, pero además con 12 registros inéditos, resulta un acontecimiento internacional, que además pone a disposición del público una especie de paseo por intimidades desconocidas: “momentos de una informalidad total, una foto de la dolce vita y el relajo, reuniones de living, canciones desveladas”, según la definición del crítico musical Mariano del Mazo.

“Si lo de La Fusa era el vivo pero grabado en estudio, este nuevo documento desatiende la calidad sonora para poner en relieve la espontaneidad del encuentro”, destaca. “Eran jóvenes, eran bellos, eran inmortales. Eso es lo que trasuntan las grabaciones”, que pueden considerarse “como el desentierro del eco de un mundo feliz, acaso imaginario o adornado por la nostalgia, pero seguramente perdido para siempre. En Brasil, como en ningún país de la región, todo tiempo pasado fue mejor”.

Un año antes de la llegada de la Embajada Brasileña del Café la dictadura de Onganía había prohibido una ópera por estrenarse en el Teatro Colón, convirtiéndola en famosa para siempre -“Bomarzo”, de Alberto Ginastera, sobre un texto de Manuel Mujica Láinez- pero la historia marca que la ciudad ardía de novedades culturales, que iban desde la aparición del rock argentino hasta el comienzo de Les Luthiers, desde el inicio de la saga de Mafalda hasta la aparición de los primeros hippies en Plaza Francia

Por múltiples razones, el poeta siguió viniendo todo lo que pudo para aprovechar una ciudad en que le iba mejor que en cualquier otra, pero las cosas cambiaron para siempre cuando en 1976 uno de los músicos que lo acompañaban, el pianista Francisco Tenorio Jr, fue secuestrado y asesinado, en un oscuro episodio que comenzó cuando salió de noche del hotel en que se alojaba, en pleno centro de la Capital Federal, seis días antes del golpe militar del 24 de marzo, para comprar cigarrillos y comida.

Vinicius supuso hasta su muerte que Tenorio había sido secuestrado por error, por haber sido confundido con un ciudadano argentino de características físicas similares, pero más adelante se consolidó la idea de que fue una de las primeras víctimas del Plan Cóndor que conectaba a los servicios de inteligencia de las dictaduras del Cono Sur y para los investigadores brasileños quedó claro que los ejecutores fueron los integrantes de un Grupo de Tareas encabezado por el capitán de corbeta Alfredo Astiz.

La periodista Stella Calloni apuntó, tras haber investigado el caso que hubo una evidente complicidad entre las fuerzas represivas de ambos países: “Hay documentos encontrados en los archivos de la policía política brasileña, el DOPS (Dirección de Orden Política y Social), que refieren a un mensaje dirigido por la ESMA a la embajada brasileña informándola sobre el fallecimiento del pianista, secuestrado y torturado desde el 18 de marzo”.

“Tenorio fue uno de los primeros desaparecidos y simplemente había venido de visita a Buenos Aires. Fue el azar, lo que es doblemente trágico”, contó la ex esposa argentina de Vinicius, quien finalmente murió en 1980, a los 68 años, convencido de qué como escribió en “Tomara”, la cosa más divina que hay en el mundo es vivir cada segundo como nunca más pero seguro también de que tristeza nao tein fim, felicidade sim.

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