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Honorio Bustos Domecq, el álter ego de Borges y Bioy Casares

Amigos y escritores consagrados, encontraron la manera de escribir lo que no se permitían en sus respectivas obras a través de un seudónimo compartido.

Por Belén Canonico

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares ya habían alcanzado un lugar destacado en la escena cultural argentina. El primero era admirado dentro y fuera del país por sus cuentos, ensayos y poemas, mientras que el otro por sus creaciones en el género fantástico, policial y de ciencia ficción. Corría la década del 40 y ambos eran muy cuidadosos de sus publicaciones para mantener cierta línea en su obra.

Para despuntar el vicio, los escritores crearon un álter ego compartido: el escritor Honorio Bustos Domecq con el objetivo de sumergirse en la sátira de la novela policial. Lo nombraron “Bustos” en homenaje al bisabuelo cordobés de Borges y “Domecq”, por el bisabuelo de Bioy Casares, de origen francés.

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Y a través de este seudónimo se animaron a plantear los escenarios más absurdos para el género. En “Seis problemas para don Isidro Parodi” (1942), su principal personaje fue Isidro Parodi, con el que desde el inicio dejaron en claro que se trataba de una caricatura: un detective que toma mate en un jarrito celeste, juega al truco y atiende a sus clientes desde una celda en la que está encerrado injustamente, con la particularidad de tener la capacidad para resolver todos los casos, pero no poder probar su inocencia.

Con este trabajo en conjunto, Borges y Bioy Casares lograron que no queden rastros de sus plumas y que simplemente se fundieran para darle lugar a una nueva voz, que hace uso de un vocabulario más popular, burlón e informal. Se dieron el gusto de decir lo que no se permitían en otro contexto, como reírse del ambiente cultural de la época y de mostrar su costado más descontracturado, lejos de la formalidad con la que salían mostrarse en público.

En 1946 repitieron su travesura de la mano de "Dos fantasías memorables" con relatos irónicos que hicieron que Bustos Domecq volviera a destacarse. Ese mismo año publicaron "Un modelo para la muerte", bajo el nombre de Benito Suárez Lynch, otro de sus seudónimos para el que recurrieron a los apellidos de sus respectivos abuelos. Y con un detalle no menor: el libro contó nada menos que con el prólogo de Bustos Domecq.

Más de diez años después, con sus verdaderos nombres, los autores publicaron "Crónicas de Bustos Domecq" (1967) y un década más tarde, "Nuevos cuentos de Bustos Domecq" (1977).

BUENOS AIRES, NA
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