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La dura historia de Víctor Basterra, el obrero peronista que conmovió a Borges durante el Juicio a las Juntas

El escritor se topó en la audiencia a la que asistió con un testimonio inolvidable del obrero gráfico que pudo fotografiar a los represores y sacar los retratos clandestinamente de la ESMA.

Por Carlos Polimeni

En el Norte de Inglaterra, durante la primera quincena de un frio mes agosto, un puñado de hombres dijo no, sin que ninguno de ellos estuviera en condiciones de pensar que aquel gesto épico despertaría una admiración perpetua, a tal punto que más de mil años más tarde el escritor argentino Jorge Luis Borges sería capaz de evocarlo, escribiendo una oda a la valentía de un obrero peronista.

El obrero, que se llamaba Víctor Basterra y murió este mes en Buenos Aires, fue un testigo clave en el Juicio a las Juntas Militares desarrollado en 1985, en su calidad de ex detenido en la ESMA pero, por sobre todo, por un gesto de valentía inmortal: haber sacado de allí clandestinamente los negativos de las fotos que le habían obligado a tomar sus captores y torturadores, aportando a la investigación de sus crímenes una serie de pruebas fenomenales.

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Víctor Basterra en la ex ESMA

Los hombres que el futuro recuerda por haber dicho que no eran un grupo de ignotos campesinos nucleados en la costa de la actual ciudad de Essex, que un día de agosto del año 911 decidieron combatir contra los invasores vikingos sin posibilidad real de vencerlos, pero hartos de no hacer nada ante aquellos enemigos que surcaban los mares para saquear, en un gesto colectivo que quedó homenajeado en el clásico poema “La Balada de Maldon”.

El escritor, que escuchó de boca de su abuela inglesa la primera versión de ese texto canónico de la antigua literatura anglosajona, vivió para siempre encandilado por el ejemplo de aquellos hombres que decidieron morir de pie antes que seguir viviendo de rodillas, vencedores vencidos, y hasta ancló en su ejemplo de coraje una mitología criolla, según plantea Martín Hadis en el ensayo “Siete guerreros nortumbríos. Enigmas y secretos en la lápida de Jorge Luis Borges”.

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No ceder ante el miedo a la hora de jugarse por un ideal o rebelarse contra la injusticia era para Borges, que se auto percibía cobarde, envidiable: en la “Milonga para Jacinto Chiclana”, música de Astor Piazzolla, un clásico del repertorio de Edmundo Rivero, escribió: “Entre las cosas hay una / De la que no se arrepiente/ Nadie en la tierra. Esa cosa/ Es haber sido valiente. / Siempre el coraje es mejor, / La esperanza nunca es vana/ Vaya pues esta milonga/ Para Jacinto Chiclana”.

En su “Biografía de Tadeo Cruz” abordó así el tema, que lo obsesionaba: “Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. (…) Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepís, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro”.

En el “Remordimiento”, el asunto tiene forma de autocrítica: “He cometido el peor de los pecados /que un hombre puede cometer. No he sido/ feliz. Que los glaciares del olvido/ me arrastren y me pierdan, despiadados. / Mis padres me engendraron para el juego/ arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego. / Los defraudé. No fui feliz. Cumplida/ no fue su joven voluntad. Mi mente/ se aplicó a las simétricas porfías/ del arte, que entreteje naderías. / Me legaron valor. No fui valiente/. No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado”.

El destino quiso que el día en que el corajudo Basterra brindó el más largo de los testimonios que sirvieron para condenar a Jorge Rafael Videla y Emilio Massera, entre otros, Borges fuera uno de los presentes en la sesión, ya que había sido invitado por el fiscal Julio Cesar Strassera, lo que generó que la agencia noticiosa EFE le pidiese una crónica, que luego publicarían varios diarios del mundo, entre ellos El País de España y Clarín, de la Argentina.

En principio, que Borges estuviese ese día en la sala pudo ser azaroso, salvo que Strassera hubiese sabido de antemano que lo impactaría el relato del obrero grafico convertido en fotógrafo: entre el 22 de abril y el 14 de agosto de 1985 declararon en la Sala de Audiencias del Palacio de Justicia de la Nación 833 personas, entre ex detenidos familiares de las víctimas y personal de las fuerzas de seguridad, totalizando 530 horas de testimonios.

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Borges y el fiscal Strassera

“De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella”, dictó Borges después de haber oído el valiente testimonio de Basterra. “Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino”.

“Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped)”, continuó. “Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad”, agregó sin mencionar el nombre del almirante Massera, al que luego, en una entrevista, calificaría como “una de las personas más siniestras del país”.

Massera, bajo cuya órbita estaba el más famoso de los centros clandestinos de detención, había soñado, mientras rivalizaba con Videla por el comando de la dictadura, con que tendría una vez regresada la democracia un futuro político y como parte de ese plan había avanzado en la formación de un staff, al que intentaría sumar los cuadros políticos capturados a las organizaciones armadas, una vez “reeducados”.

Aquel militar con costumbres de dandy no solo era el propietario del diario Convicción, que en parte financiaba el dinero mal habido durante la represión ilegal, sino que solía ufanarse de su nutrido contacto con periodistas famosos y de haber sido condecorado a lo largo de su carrera por los gobiernos de Estados Unidos, Chile, Ecuador, Brasil, Venezuela, Taiwán, Colombia, Corea, España, México, Nicaragua, Sudáfrica y Uruguay, entre otros.

Antes de caer en desgracia, había sido miembro de la Comisión Directiva del Centro Naval. socio honorario de la Liga Naval Argentina, miembro académico del Instituto de Ciencias Políticas de la Facultad de Derecho de la UBA, doctor honoris causa de la Universidad John F. Kennedy, “periodista honoris causa” del Instituto Latinoamericano de Intercambio Periodístico y doctor honoris causa de la Universidad del Salvador.

El almirante, que había sido el más joven de los comandantes de la Marina Argentina cuando el presidente Juan Domingo Perón decidió su último ascenso, era dueño de una soberbia importante, que le llevó a sostener al comenzar las sesiones –la formulación fue en estos términos. “Mis jueces disponen de la crónica, pero yo dispongo de la historia y es allí donde se escuchará el veredicto final”- que la democracia no tenía el poder suficiente para juzgar sus actos.

“En primer lugar, me siento responsable pero no me siento culpable, sencillamente porque no soy culpable”, afirmó aquel día. “En segundo lugar, porque no hay odios en mi corazón. Hace tiempo que he perdonado a mis enemigos de ayer, y a mis flamantes enemigos que no han podido sustraerse a la compulsión que estamos viviendo.Y en tercer lugar, porque estoy en una posición privilegiada.”

El lunes 22 de julio de 1985, Basterra ventiló durante cinco horas y 45 minutos, con metódica precisión, los detalles de aquel centro de horror diseñado por Massera, creando un clima que Borges definió así a los periodistas que lo entrevistaron al concluir la sesión: “Tengo la sensación de que he asistido a una de las cosas más horrendas de mi vida. Siento que he salido del infierno”.

“Convendría que cada persona asista a este juicio al menos una vez. Es necesario. Pero debo confesar que no pienso volver porque quedé muy impresionado”, remarcó a manera de síntesis, antes de regresar al departamento en que vivía, a pocas cuadras de allí, y elaborar con un asistente el texto que publicó EFE y se convertiría en parte de la Historia de la lucha por Memoria, Verdad y Justicia en la Argentina.

Borges escuchó, entre otras, la narración de escenas como estas: “Estaba muy entumecido, apenas podía levantar el brazo o mover la pierna. Cuando abro los ojos veo que mi señora estaba sentada delante mío. Vi que también había sido torturada. Había sido golpeada; después ella me dijo que también la habían picaneado. (...) Trajeron a mi hija después y me dijeron que me la iban a poner en el pecho mientras me daban máquina”.

Obrero gráfico y militante del Peronismo de Base, Basterra había sido secuestrado en otro agosto, el de 1979, en su casa de Valentín Alsina, a sus 35 años --junto a su esposa Dora y a una hija de dos meses, María Eva-- y sufriría dos paros cardíacos durante la primera sesión de tortura en la ESMA, que se prolongó hasta que no pudo soportar más y proporcionó a sus captores la información que llevó a la detención de un compañero.

Cuando lo consideraron “quebrado” y dispuesto a colaborar con el trabajo de rutina del lugar en que estaba secuestrado, lo asignaron a la sección de Documentación, encomendándole una tarea importante para la logística operativa, confeccionar documentos falsos a los represores, para lo cual le habilitaron el uso de equipos fotográficos y un laboratorio de revelado, aunque bajo una estricta vigilancia de los marinos.

Una vez allí, y durante muchos meses Basterra urdió un plan, pensando que alguna vez su gesto sería vital para probar hechos tenebrosos, si sobrevivía: hizo una copia del negativo de una foto, lo guardó escondido en una caja de papel fotosensible, y como esa prueba piloto sobrevivió a las requisas, repitió una y otra vez el procedimiento hasta que armó un archivo paralelo, con los rostros y las falsas identidades de docenas de represores y secuestrados.

“Para mí fotografiarlos no era solo disparar la foto sino la idea de que esa foto que le sacaba al represor tenía que salir de ese lugar”, narró muchos años después en el documental “Fotos de la memoria”. “Saqué más de cien fotos y fueron más de cien momentos de riesgo porque algo que tenían escondidos los milicos era su identidad. Cuando te torturaban te ponían una capucha para que no los vieras”.

Un día, cuando el inminente retorno de la democracia marcaba en 1983 el final de una era, y empezaron a permitirle visitas controladas a su vida familiar –su mujer y su hija habían sido liberadas rápido, poco después del secuestro en conjunto—decidió sacar los negativos de la Esma, lo que era más que riesgoso, ya que era minuciosamente revisado al salir, y al llegar al domicilio los guardó en un hueco, que hizo en una pared.

Ese tesoro documental, que incluía, por ejemplo, un retrato con nombre falso del capitán de navío Alfredo Astiz, luego condenado en Francia y Argentina a prisión perpetua por una serie de crímenes de lesa humanidad, fue entregado en 1984 por Basterra, pidiendo que no se hiciera público, a los peritos de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, Conadep, apenas el presidente Raúl Alfonsín ordenó su creación, como un paso previo al inicio del Juicio.

Borges, que sufrió durante toda su vida su sensación de ser cobarde, encontró corporizada en la narración de Basterra una valentía, y acaso una astucia, que estaba, por lo menos a la altura de los héroes de las fábulas nórdicas que lo imantaban de niño, o de los relatos del coraje de los guapos argentinos del Siglo XIX, que él mismo había evocado en parte de su obra.

El ejemplo de Basterra lo sobrecogió según detalló: “No había odio en su voz. Bajo el suplicio había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas sesiones cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día,”

“Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico”, siguió Bores. “Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha”.

Para Borges asistir a aquella audiencia era coronar un proceso penoso: por antiperonista visceral había apoyado el Golpe de 1976, aceptado una invitación a comer con Videla –curiosamente junto a Ernesto Sábato, que ahora era el presidente de la Conadep—y recibido en Chile un premio de la dictadura de Augusto Pinochet, antes de darse cuenta de que su figura había quedado pegada a hechos horripilantes.

En el final del texto, en que no usó ningún nombre propio, Borges ensayó una dura condena a los militares enjuiciados, subrayando la gran contradicción de que quienes “abolieron el código civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley” usufructuasen ahora el privilegio de ser defendidos por expertos profesionales del derecho que reclamaban al Estado todas las garantías del justo proceso.

“No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer”, agregó con magnífica ironía aquel hombre que había comenzado a arrepentirse en 1980 de su apoyo a la dictadura militar iniciada en 1976 cuando las Madres de Plaza de Mayo llegaron hasta su casa para pedirle que firmara una solicitada, y luego se había encolerizado cuando vio las torpezas del régimen durante la Guerra de Malvinas.

El autor de “El Aleph” tenía varios ancestros militares, entre ellos un abuelo, el coronel Francisco Isidro Borges Lafinur que luchó en la batalla de Caseros contra Rosas y participó de la Guerra de la Triple Alianza, antes de morir en combate, y un tío, Francisco Eduardo Borges, marino, que fue parte de la llamada Revolución del Parque, un levantamiento armado promovido en 1890 por la flamante Unión Cívica Radical.

Fue por esos antecedentes que profesó durante décadas un cariño evidente a los integrantes de la Fuerzas Armadas, seguro de que eran capaces de ofrecer sus vidas a las mejores causas, según justificaron luego sus amigos, y por eso mismo es que le perdió completamente el respeto a Videla y los suyos cuando se topó con el relato de sus aberraciones, que no aparecían en los diarios, como se sabe.

Borges incluso se enojó cuando, intrigado por el hecho de que los militares hubiesen liberado a Basterra, en lugar de matarlo, como ocurría con la mayoría de los detenidos de forma ilegal, un periodista le recordó la teoría de la “recuperación” de los hombres capturados al enemigo para destinarlos al trabajo para la causa de Massera y contestó: “Pero ¿De qué recuperación me habla? No buscaban la recuperación física y mental de nadie ahí”.

En una entrevista en que le preguntaron por los valientes de su familia, contó: “Mi abuelo decidió hacerse matar. Se puso un poncho blanco, montó un caballo tordillo, avanzó al trote hasta las trincheras enemigas y le metieron dos balazos. Mi padre sufría de hemiplejía y me dijo: «Yo me hubiera debido meter un balazo. No te voy a pedir a ti que lo hagas, pero me las voy a arreglar, no te aflijas». Efectivamente, rehusó todo alimento, toda medicación, sólo tomaba agua y se dejó morir. Escribí un soneto sobre eso: «Te hemos visto morir con el tranquilo ánimo de tu padre ante las balas…».

Borges, que se fue de la Argentina cuando supo que tenía cáncer y tuvo miedo de sufrir un escrache periodístico, como sabía que había pasado con el líder radical Ricardo Balbín, vivió sus días finales en la ciudad que había alojado a su familia en la infancia, Ginebra, donde fue enterrado en el cementerio de Plainpalais, apenas unos meses después de haber concurrido en Buenos Aires al Juicio a las Juntas,

Es evidente, de acuerdo a los testimonios que dejó en su obra, en las clases, y en las entrevistas, que jamás olvidó a lo largo de su existencia la lección sobre los anónimos hombres de coraje que encontró en versos de “La balada de Maldón”, que decía de memoria con sus alientos finales, según afirma Hadis, citando un párrafo de una biografía del escritor publicada por su colega Héctor Bianciotti.

“Sonrió y, en esa voz que pasaba de ser débil a fuerte y áspera cuando recitaba textos anglosajones o islandeses entonó los versos de la balada de Maldón mientras avanzábamos por el corredor: “Dejó que su querido halcón volara hacia el bosque y entró en la batalla””, cuenta Bianciotti sobre Borges a punto de despedirse de este mundo.

Esa parte del relato lo emocionaba desde siempre: cuando un joven guerrero medieval dejaba volar su halcón hacia el bosque estaba desprendiéndose de una vida a la que le daba mucho valor, seguro de que al ingresar en la batalla encontraría la muerte, idea que reforzaba su concepción poética del oficio de los combatientes, pero con un agregado importante, la expresión pudorosa de los sentimientos, eso que había logrado Basterra en el Juicio.

Para quien dudara sobre la persistencia en su psiquis de las lecturas del ideario anglosajón que le cambiaron la vida de niño, nada mejor que su propia voz, en sus famosas clases en la etapa de profesor universitario en la UBA: “Pensemos que gente de esos países descubrió América, llegó a Bizancio, fundó reinos en Inglaterra, en Irlanda, en Normandía y escribió en Islandia una gran literatura”.

“Mis incursiones en el inglés antiguo han sido absolutamente personales, y han dejado rastros en algunos de mis poemas”, decía. Un colega de la Universidad me llamó aparte y me dijo preocupado: ¿Qué significa eso de publicar un poema titulado “Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona”? Traté de hacerle entender que el anglosajón es para mí una experiencia tan íntima como mirar una puesta de sol o enamorarse”.

El libro de Hadis logra, con esfuerzo, contar porque en el anverso de la lápida de piedra tallada que preside la tumba de Borges, a la que considera un objeto literario, “hay un grabado de siete guerreros que avanzan en fila con sus armas apuntando al cielo” y en “el reverso una nave vikinga con sus velas henchidas por el viento”: la evocación del coraje de los héroes de Maldon es la clave.

En su relato “911 A.D,” Borges escribió: “Casi todos creyeron que la batalla, esa cosa viva y cambiante, los había arrojado contra el pinar. Eran diez o doce en la tarde. Hombres del arado y del remo, de los tercos trabajos de la tierra y de su fatiga prevista, eran ahora soldados. Ni el sufrimiento de los otros ni el de su propia carne les importaba”.

Está claro que también se llevó a la tumba sus impresiones sobre el testimonio de Basterra, cuyo rostro no conoció, y aquellas palabras serenas de un humilde obrero convertido por las circunstancias en un guerrero del siglo XX, que soportó la cárcel, las torturas, los infartos, el dolor y la humillación para conseguir un iluminador triunfo moral final: la condena de algunos de los asesinos.

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