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Joan Didion, la autora que puso en palabras sus dolores más profundos

Se hizo conocida por su capacidad para describir a la perfección la realidad estadounidense en la década del sesenta y, tras varios éxitos literarios, sufrió la repentina muerte de su marido y de su hija, con semanas de diferencia.

Por Belén Canonico

Dueña de un talento especial con las palabras, una mirada aguda y la sensibilidad a flor de piel, Joan Didion (85) se abrió camino en el mundo de las letras. Comenzó su carrera como periodista en la revista “Vogue” gracias a una beca universitaria y enseguida sus artículos demostraron que su potencial era inconmensurable.

De baja estatura, delgadísima y con gestos suaves y delicados, Didion se escabullía en la escena social estadounidense en busca de buenas historias para contar, que publicaba en distintas revistas locales y extranjeras. Pero sin lugar a dudas fue su crónica sobre el hippismo en la década del sesenta que representó el despegue en su profesión..

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En una de sus tantas coberturas, la autora quería plasmar cómo era el movimiento contracultural que fascinaba a tantas personas y dejó por un tiempo a su marido, el también escritor y periodista John Gregory Dunne y a Quintana, la hija que adoptaron, para lograr un retrato fiel de lo que pasaba.

Su olfato periodístico le decía que iba a encontrar algo grande y no le falló. En California se topó con una imagen que la impactó tanto que recorrería el mundo a través de sus palabras: una nena de solo 5 años consumiendo LSD que había sido suministrado por su madre. "No lo negaré, era oro. Cuando estás escribiendo un artículo, das tu vida por un momento así", reveló Joan en “El centro cederá”, un documental sobre su vida.

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Desde aquel artículo, su carrera no paró de crecer tanto en su país como a nivel internacional. Y aunque ya había publicado su primer libro de ficción, “Run, River” (1963), las repercusiones que tuvo su mirada social hicieron que se animara a incursionar en el género no-ficción, en el que se consagraría como una de las autoras más influyentes de su época.

Tanto ella como su marido eran muy reconocidos por su trabajo y se posicionaron en un lugar destacado de la movida cultural de Estados Unidos. Era habitual que pasaran tiempo en la casa familiar de Malibú con artistas de la talla de Jim Morrison, Janis Joplin, Martin Scorsese, Brian De Palma y Steven Spielberg. Incluso, hasta el joven Harrison Ford trabajó para la familia como carpintero.

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Joan Didion tenía todo lo que había soñado: una linda familia, una mansión frente al mar, una carrera sólida y la posibilidad de escribir de lo que que quisiera. Si tenía algún problema en su vida y principalmente en su pareja, lo plasmaba en su obra. Así encontró la forma de liberarse de los asuntos oscuros que invadían su cabeza y transformarlos en piezas que su público valoraba.

Durante décadas, su método le funcionó a la perfección y además de su crecimiento profesional, pudo limar las asperezas en su relación con Dunne, la angustia porque Quintana había dejado de ser una nena de mamá y los temores que la acechaban.

Sin embargo, en 2003 la vida la golpeó con crudeza. Inesperadamente, su hija enfermó de una neumonía que le provocó un choque séptico por el que estuvo varias semanas internadas. Y mientras lidiaban con la preocupación por no saber qué iba a pasar con Quintana, Dunne murió repentinamente de un paro cardíaco.

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La muerte de su marido, en ese contexto, se sintió como un baldazo de agua fría, pero Didion no se permitió flaquear en ningún momento. Tenía que sostener a su hija. Por eso, decidió posponer el funeral un mes para que Quintana pudiera despedir a su padre como deseaban.

Pero las vueltas de la vida tenían preparado más sufrimiento para la autora. La misma noche del funeral, le insistió a su hija para que viajara a Los Ángeles a descansar y despejar su mente. Y Quintana, a pesar de que se sentía débil, le hizo caso. Pero al bajar del avión, la joven se cayó y se golpeó la cabeza y sufrió una fuerte lesión cerebral que la dejó en estado de coma durante dos años.

Finalmente, Quintana murió en agosto de 2005 y dos meses después, Joan presentó “El año del pensamiento”, un libro en el que narra la tristeza que le provocó la muerte de su marido.

“El duelo resulta ser un lugar que nadie conoce hasta que llegamos. Sabemos que algún ser amado puede morir. Podemos esperar que sea un golpe, pero no esperamos que ese golpe sea pulverizador, trastornador para el cuerpo y para la mente. Podemos esperar quedar postrados, inconsolables, locos por la pérdida. No esperamos volvernos literalmente locos, ni estar de lo más calmados creyendo que tu esposo va a volver por sus zapatos”, escribió Didion.

El libro fue una sorpresa tanto para sus editores como para sus amigos más cercanos, ya que sabían que Joan estaba atravesando un momento muy difícil y no creían que fuera capaz de plasmar su dolor en papel. Sin embargo, no solo lo hizo con un realismo desolador, sino que fue gratamente aceptado por su público.

Con la muerte de Quintana le resultó más difícil y recién publicó “Noches azules” en 2011, seis años después de su irreparable pérdida. A Joan la atormentaba no haber sido una madre perfecta, ya que su hija le había dicho que a pesar de estar presente era distante. Sentía que no la había cuidado como lo merecía y que aunque al momento de su muerte, Quintana era una mujer de 39 años, no había podido cumplir con su deber como mamá.

Así, Didion mostró un perfil mucho más crudo y personal de lo que había hecho en los inicios de su carrera. Puso en palabras el dolor, el duelo, el vacío eterno que siente en su interior. También se convirtió en una referente de la resiliencia y la capacidad de rearmarse más allá de la oscuridad que atravesó. Y a los 85 años, sigue activa y vigente.

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