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El último cumpleaños de Borges

Por Carlos Polimeni*

El jefe de turno se paró, corriendo su silla con rueditas hacia atrás, y levantando el tono preguntó a los periodistas presentes, con premeditado sarcasmo: "¿Algún voluntario para cubrir este mediodía el cumpleaños 86 del señor Jorge Luis Borges?".

Como era previsible, sólo le respondió un silencio de redactores, combinado con el ruido monótono del tecleo de las máquinas de escribir. Para casi todos era un plomazo moverse de sus metros cuadrados de rutina para reportar un hecho tan poco noticioso. Además, era invierno.

Desde un escritorio ubicado a la derecha, el cronista que cubría el turno en la sección Deportes aquel sábado 24 de agosto de 1985 ofreció hacerse cargo de la nota que al resto le importaba un comino.

El jefe de turno de la redacción de entonces de Noticias Argentinas le dio la gacetilla como quien se saca un problema de encima. Eran alrededor de las 11 de la mañana. En Deportes no había urgencias y ahí atrás, en Fotografía, el único reportero gráfico presente parecía estar esperando la oportunidad de salir a respirar aire puro.

El periodista deportivo había estudiado Letras, unos años antes. El fotógrafo estaba hojeando un diario que por la tarde sería viejo.

La agencia Noticias Argentinas funcionaba entonces en un piso de Chacabuco 314, en el llamado Edificio de la Prensa Argentina.

El domicilio del escritor quedaba a unas 15 cuadras de allí, en Maipú y Marcelo T. de Alvear, en una zona más paqueta de la ciudad.

No era raro verlo a Borges por allí: iba a una librería ubicada en una galería cercana, solía comer en el restaurante de un hotel un sencillo plato de arroz blanco hervido, con manteca y queso, a veces pagaba las boletas de los servicios que llegaban a su domicilio haciendo cola como cualquiera, otras se asoleaba sentado en un banco de la Plaza San Martín.

Era famoso, pero parte del paisaje cotidiano de la Buenos Aires de entonces. A veces salía con algún amigo, otras con su novia María Kodama, en algunas oportunidades lo hacía solo. Cuando era así, se paraba en las esquinas esperando que alguien, al reconocerlo, le ayudara a cruzar. Una vez, según se cuenta, un militante de la izquierda peronista, que incluso lo admiraba, se encargó de esa tarea.

A mitad del cruce de una avenida, como toreándolo con una broma, el muchacho le reveló: "Mire que yo soy peronista, maestro", como si eso pudiera darle miedo. Borges le contestó: "No se preocupe, mi amigo, yo también soy ciego". Es un chiste que hasta hoy aún festejan los peronistas de buen humor, entre ellos el artista plástico Daniel Santoro.

Otras afirmaciones suyas sobre la política no fueron chiste alguno. En su tiempo causaban más espanto que amor, pero eso es un pasado tan pasado que ya está pisado.

El cronista que recuerda muy bien aquel día sábado de invierno está escribiendo estas líneas casi 35 años después. El fotógrafo que se aburría se llamaba Víctor Dímola, y dos años después dejaría el trabajo en la agencia. La vida lo llevaría a Noruega, donde haría una gran carrera. Joven todavía contrajo cáncer y documentó con su cámara el proceso de quimioterapia y luego el trasplante de médula ósea en una internación hospitalaria. Su

trabajo "El agua bendita", con textos de Una Thoresen, recibió el premio europeo "Freelancer of the Year" en 1994. Dímola murió en 2003, a los 51 años.

Borges también pasaría, o ya estaba pasando en secreto, un proceso de enfermedad. Tenía cáncer de hígado, y cuando se lo descubrieron era intratable. La primera gran determinación que tomó fue que se iría a Ginebra, Suiza, a esperar una muerte que no lo sorprendería.

La muerte le llegó el 14 de junio del año siguiente, pocos días antes de la coronación de Diego Maradona como "rey del fútbol" en México 1986. En abril, se había casado con Kodama, que a partir de entonces resultó, además, su ama de llaves, su enfermera y su única compañía permanente. En Ginebra fue enterrado, aunque María encargó la lápida a un artista argentino, con una famosa frase en gaélico, elegida por el propio Borges.

Los periodistas, que llegaron con tiempo a la cita con el último cumpleaños de Borges, tomaron un café en un bar de la Avenida Córdoba, en una esquina en que por entonces no era raro ver al almirante Emilio Massera.

A finales de eso año, el almirante sería condenado junto a otros integrantes de las Juntas de Gobierno de la dictadura militar a un conjunto de graves penas. Borges mismo había asistido unas semanas antes a unas sesiones del famoso Juicio a las Juntas, para escribir algunas notas sentidas -y en algún punto autocríticas- para las páginas editoriales del diario Clarín.

La gacetilla que había motivado aquella cobertura anunciaba, en rigor, que un grupo de una Peña Poética de Pehuajó saludaría al mayor escritor argentino en el día de su cumpleaños. Borges parecía no estar al tanto, si se toma en cuenta el tiempo que tardó en bajar, la cara de asombro que tenía Kodama ante el tupé de aquella gente que se presentaba en manada, y la sensación de tirantez que se percibía en el ambiente mientras los dos cronistas hacían su trabajo, que de algún modo realzaba el nivel del evento tan mínimo.

Uno de los visitantes, vestido con ropa de gaucho, tomó coraje y le explicó que el grupo había salido muy temprano de Pehuajó y tardado cuatro horas en llegar hasta allí para saludarlo. El ceño fruncido de Borges, que como siempre miraba la nada, se distendió cuando oyó el nombre de esa ciudad bonaerense. Rápido de reflejos contestó, con la magnífica ironía con que Dios le dio a un mismo tiempo los libros y la ceguera.

"Que interesante... Pehuajó... Yo sé unos versos camperos muy lindos, que dicen: ´En el centro de la plaza del pueblo de Pehuajó hay un cartel que dice la puta que los parió´".

Luego, tartamudeó un, "Gracias a todos por haber venido", giró sobre sus talones con dificultad, y desapareció de la vista de los estupefactos visitantes. En total, la secuencia había durado tres minutos, acaso los necesarios.

El despacho noticioso posterior fue breve, pero la fotografía elocuente: en el blanco y negro de la época todo parece armonioso, como una ciudad después de la lluvia. El tiempo ordena las piezas del ajedrez de la vida. No se nota el frío ni el viento, en la fotografía de Dímola.

En Ginebra, Borges pasó los últimos días de su existencia con tranquilidad, lejos de la vista del mundo, estudiando árabe, una asignatura pendiente. Había sentido pavor, al encontrarse acorralado por la enfermedad, de quedarse en Buenos Aires y que una foto suya en mal estado de salud apareciera en la tapa de una revista, como había pasado en 1981 con el dirigente radical Ricardo Balbín.

En sus cumpleaños, en realidad, le gustaba escuchar temas de Pink Floyd, cuenta Kodama, la dueña de algunos de sus secretos y de todos los derechos sobre su obra. También The Beatles y The Rolling Stones. El homenaje de los poetas de Pehuajó había sido un fracaso glorioso, pero ellos no tenían la culpa.

Era el destino, que suele urdir tramas misteriosas. Borges escribió: "Solo espero cesar, dejar de ser para siempre". Lo logró a medias, ya se sabe.

(*) - Carlos Polimeni es periodista, escritor y conductor del programa de radio "La tarde con Carlos Polimeni", por AM 990, de lunes a viernes de 13:00 a 16:00.

BUENOS AIRES, NA
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