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Los televidentes eligen "MasterChef Celebrity" pero a la hora del delivery prefieren las pizzas

Comiendo pizzas o empanadas los argentinos se juntan a mirar el programa más visto de la TV en estos días.

Por Carlos Polimeni

Las cosas han ido poniéndose en su lugar, en el año de la pandemia que mantiene a millones de argentinos más tiempo que nunca en la historia dentro de sus domicilios: el programa más visto de la televisión de aire es hoy por hoy una competencia culinaria entre famosos, que se transmite en el horario que coincide con el final de la cena familiar.

Pero lejos de las luces, los brillos, los maquillajes y las rencillas artificiosas de la televisión, el mismo público que da rating a los programas gastronómicos del prime time si tiene que elegir un menú para disfrutar en compañía se inclina por la pizza o las empanadas, según coinciden todos los relevamientos realizados sobre la vida cotidiana en 2020.

Para mesurar la importancia del fenómeno conviene saber que el martes pasado el partido que jugó la selección argentina de fútbol ganándole a Bolivia 2 a 1 de visitante por las eliminatorias del Mundial 2022 midió por la Televisión Pública 11.8 de promedio de rating, mientras la sexta edición histórica de “MasterChef”, ahora con celebridades, le daba esa noche 14.6 de promedio a Telefé.

El tema de los nuevos paradigmas de los programas gastronómicos no es menor: empezaron hace más de veinte años en señales periféricas a los intereses mayoritarios, entre ellos El Gourmet, pero lentamente, y en distintos formatos fueron desembarcando en el aire, hasta que coparon los horarios de prime time, compitiendo mano a mano con los anteriores dueños de la mejor porción de la torta publicitaria.

No obstante, en el mundo hay una discusión grande sobre formatos como éste, que puede sintetizarse en una definición de un experto como Guillermo Calabrese (que hace poco dejó su lugar en el ya clásico “Cocineros argentinos” de la Televisión Pública): se trata de espectáculos con pautas vinculadas más al show que a la cocina. “MasterChef es una ficción y está todo guionado”, sintetizó el ex ayudante del pionero Gato Dumas.

Aunque la tele de aire es hoy mucho menos importante que al principio del siglo –por la expansión del cable, el auge de las opciones on demand, con Netflix a la cabeza, y los cambios de costumbres de los más jóvenes—es bueno saber que amplios sectores de la sociedad la tienen como el más a mano y económico de los entretenimientos, a tal punto que pueden apasionarse por una discusión…sobre un huevo frito.

Eso parece lógico en una vida repleta de restricciones en que aún no se sabe en qué momento podrá irse al cine, al teatro, a un recital, a las canchas, a clases, o a comer afuera con la vieja normalidad, pero es novedoso que los programas con formato de reality show que giran en torno a la comida tengan más público que el fútbol de primer nivel o los concursos televisados de canto y baile, que durante años dominaron la escena.

Que la gente mire por la tele un mundo al que aspira, pero al que no pertenece, es normal, pero a los expertos argentinos en alimentación sigue llamándoles la atención que en un mundo en que los que pueden buscan formas más sanas de alimentación, las pizzas y las empanadas tradicionales sigan siendo imprescindibles a la hora de los abundantes permitidos y los esporádicos festejos.

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El auge de las pizzerías, incluso de cadenas extranjeras que generaron franquicias argentinas, resultaba todo un tema en negocio gastronómico antes de marzo pasado, ya que durante la dura situación económica que generó el gobierno de Mauricio Macri era, a contramano de la realidad, un rubro en expansión, al ser sus productos base uno de los pocos consumos posibles para la clase media que aún salía a comer afuera.

A partir del retorno de la actividad gastronómica, nula al principio de la cuarentena, las pizzerías han vuelto a tener clientes estables en las últimas semanas, aunque falta mucho tiempo para que puedan volver a normalizar sus finanzas, y funcionan más que nunca las opciones llamadas take away y delivery, cuyo pico de intensidad diaria suele corresponder a la hora en que está en el aire “Masterchef Celebrity”.

En la Tv de aire programas culinarios hubo siempre, sólo que su coto era el de los horarios en que las amas de casa eran dueñas y señoras del control remoto, en una sociedad muy diferente a la actual, en que el plato fuerte del fin de semana de Canal 13, el programa de Jorge Lanata, perdió este año su competencia con la segunda temporada de un programa… de pastelería para aficionados llamado “Bake off”.

“Me deprime un poco que a la gente le interese más ver cómo se hace un Rogel que enterarse qué pasa con la pandemia y la política”, admitió en junio pasado el conductor cuando aprovechando un supuesto fraude en el programa de los aficionados a la pastelería reconoció en su programa de radio que le dolía la derrota, que repite ahora, en octubre, ante el nuevo adversario, el reality show de los cocineros más o menos célebres.

Aunque lo que está funcionando son formatos foráneos (“MasterChef” es un original de la BBC que se ha emitido en otros 62 países), con su lógica de competencia, drama, discusiones más o menos armadas, ganadores y perdedores, es ostensible el proceso en que el interés del público argentino fue orientándose a propuestas alejadas de la operación política y/o los modelos de producción que consisten en enfrentar personas que gritan sus ideas, cuando las tienen.

En el encanto mayoritario por los shows culinarios opera una lógica de espectadores que se sienten en condiciones de hacer su propia comida en casa y que son capaces de competir con familiares, amigos y vecinos por el trono del mejor cocinero de su entorno, una especie de gen argentino bien representado por los contendientes en pantalla, que no son muy diferentes a los que hasta 2019 bailaban y peleaban por un sueño (de fama, dinero y más trabajo fácil).

Claro que el fenómeno no se da sólo en la Argentina, porque en muchos países del mundo hay personas con ideas semejantes: cocinar más sano, innovar con los alimentos, descubrir sabores e incluso dejar un trabajo rutinario para cumplir con el sueño del restaurante propio, utilizando la cocina como laboratorio para ese hipotético futuro mejor, que en la realidad es para pocos.

De hecho, en Netflix hay gran cantidad de programas gastronómicos que reflejan los gustos de los espectadores que pueden pagar por una televisión de mayor calidad, incluída una producción internacional llamada “Street Food Latinoamérica”, cuyo capítulo inicial eligió la Argentina para contar la historia de un restaurante de culto en el Mercado Central (dos chicas que, son pareja, inventaron la tortilla de papa rellena de jamón y queso).

Sin embargo, la producción del programa, que no se privó de las postales aptas para todo tipo de ojo extranjero, incluyendo el tango, el fútbol y los choripanes, agregó a ese invento gastronómico argentino un vuelo rasante que aportó un elogioso paseo por la heavy Fugazzeta rellena, patentada hace décadas por la pizzería La Mezzetta, de Colegiales, un paraíso para taxistas que no estén a dieta.

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La idea de “MasterChef” es exitosa, en Inglaterra, Alemania, EEUU, España o Argentina, porque atrae además a muchos jóvenes, que ven plasmada en su lógica la fantasía de que puede triunfarse en unas semanas y que el resultado será lo que todos buscan, la fama, una idea muy vinculada a la aspiración meritocrática que intentó alabar, con poco éxito, una controvertida publicidad televisiva nacional de una cara camioneta de una marca extranjera.

La mayoría de los argentinos no tienen las facilidades de aquellos que cocinan por televisión o juzgan a los que cocinan por televisión, pero está claro que integran una sociedad en que el tema de la comida forma parte central de la cultura, con obsesiones y fetiches, muchos de ellos acentuados por la cantidad de tiempo libre que millones de personas tienen desde marzo, aún en medio de la angustia, que a veces da hambre.

Entre todos esos fetiches, además del asado, la pizza, las milanesas y el puchero, que aparecen recurrentemente como los platos del deseo, la comida con que la enorme mayoría de los argentinos está identificada a la hora de la recreación posible, en casa, o cuando se pueda salir, sigue siendo la pizza, que tiene aquí características propias que la separan del modelo de base, el que trajo la inmigración italiana.

La pizza tradicional argentina es, comparada con la original, una mega pizza: su masa tiene más levadura, la cantidad de queso es notable, la salsa que intermedia a veces desborda las porciones y la tradición es compartirla entre dos, tres y hasta cuatro comensales lo que la convierte en una comida “opulenta”, según describe el experto Pietro Sorba.

Sorba, que nació en Italia pero vive en Buenos Aires hace casi 30 años y ha publicado numerosos libros sobre los mejores restaurantes de la Argentina en distintos rubros, subraya que en su país natal la costumbre indica que “cada comensal come una pizza” liviana, mientras aquí lo normal es quedar satisfecho con dos o tres porciones de una muy contundente.

Según el resultado de una investigación de más de 500 páginas que el inglés Daniel Young publicó con el nombre de "Where to eat pizza" --se vendieron más de 140 mil ejemplares-- Buenos Aires comparte con Nápoles, San Pablo, Nueva York el primer puesto en el ranking de las ciudades en que se comen las mejores pizzas del planeta.

La calidad, según el experto, tiene que ver también con la cantidad de negocios del rubro, que en el caso de esta ciudad eran de 1200 al comenzar en marzo las medidas restrictivas por la pandemia, con algunos locales de fama bien ganada, como Angelín, Güerin, El Cuartito, La Mezzeta, Los Maestros, Las Cuartetas, Banchero.

Argentina es el único país del mundo donde existe “La noche de las pizzas y empanadas”, un evento que este año se celebró aún con distanciamiento social y crisis económica el reciente 22 de setiembre, con participación de más de cuatro mil comercios de todo el territorio nacional, que vendieron sus productos con un 50 por ciento de descuento.

En la ciudad de Buenos Aires, bajo el lema "La Muza Nos Inspira", existe también una maratón pizzera, cuyos organizadores plantean un comienzo en el barrio de Chacarita, en el mítico local de El Imperio de la Pizza, y una bajada hacia el centro con paradas en La Continental, Kentucky, La Americana, Banchero, La Génova y Las Cuartetas, tras lo cual los participantes votan en distintas categorías por sus preferencias.

Esta rara disciplina neo deportiva comenzó en 2012, por iniciativa de un grupo de fans, cada año sumó más participantes, y tuvo el apoyo del estado porteño por entenderse que promueve el turismo y trabaja lo que se llama el patrimonio intangible de la ciudad, ya que en varios de sus establecimientos pizzeros se han desarrollados acontecimientos a su modo históricos.

Angelín, ubicada en un modesto local de Córdoba 5270 patentó la invención de la llamada pizza de cancha, cuyo original incluía 16 porciones, y tiene en su tabla de honor haber sido favorita de músicos como Charly García y León Gieco, pero por sobre todo haber concretado un delivery de 17 unidades al hotel en que se hospedó en Buenos Aires en 1981 Frank Sinatra, que luego envió al local una foto autografiada.

El día en que se casó por civil Diego Maradona invitó a Claudia Villafañe –hoy una de las concursantes en “MasterChef Celebrity”- a comer unas buenas porciones en Las Cuartetas, que desde 1935 funciona en la Avenida Corrientes 838, recordando aquellos días en que llegar pagar una de jamón y muzarella resultaba para su familia un triunfo tan importante como los deportivos.

La revista Satiricón afirmó, en una recordada portada de los años setenta del siglo XX, que los argentinos “Somos todos culipanza!” pero cinco décadas más adelante lo que puede garantizarse es que eso es una definición que cabe a las clases menos pudientes, que se alimentan con más carbohidratos, porque la mayoría de los ricos del siglo XXI aquí… son flacos.

Y eso no es un tema menor, ya que una y otra vez el Inadi comprueba que tanto la pobreza como el sobrepeso son las principales causas de discriminación, en un país que produce alimentos para 400 millones de seres humanos pero presenta un panorama en que más del 40 por ciento de su población es pobre y está mal alimentado, aunque parte de ese porcentaje incluya muchos televidentes de “MasterChef”.

BUENOS AIRES, NA
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