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Riachuelo, Transbordador y Literatura

Por Lorena Suárez*

Hace unos días, a instancias de la puesta en funcionamiento del Transbordador del Riachuelo que une el barrio de La Boca con la Isla Maciel, recibimos la propuesta del escritor Edgardo Scott (quien reside en Paris pero se encontraba de visita en Buenos Aires), de realizar un cruce con escritores y compartir una serie de fragmentos alusivos a dicho río.

La iniciativa del escritor, en plena pandemia, se convirtió en desafío y me hizo reflexionar en torno al vínculo silencioso, casi inadvertido, del Riachuelo con la Literatura que puede remontarse quizá a textos fundacionales de las letras argentinas, como “El Matadero”, de Esteban Echeverría.

La Literatura nos empuja a tener miradas sobre el Riachuelo, a redescubrir lugares y a desarrollar imaginarios en torno a ese curso de agua.

Ese vínculo está actualmente más fuerte que nunca y se refleja en los textos de autores que podríamos llamar “de culto” como los de Luis Gusmán o Mariana Enríquez y en escritores “emergentes” como Juan Diego Incardona, Eduardo Muslip y el mismo Edgardo Scott.

En “El Campito”, “Villa Celina” y las “Estrellas Federales”, Juan Diego Incardona, desarrolla espacios, personajes, relatos que mezclan la historia política, obrera, peronista, en una margen del Matanza, en Villa Celina, donde suceden las aventuras más inimaginables, inesperadas, inciertas.

En “El Campito”, Riachuelito es un bagre que aumentó desproporcionadamente su tamaño debido a la contaminación.

Habita en las aguas de la cuenca Matanza Riachuelo y en su afluente “Río de Fuego”, un río que el escritor imagina cargado de aceites y líquidos inflamables.

En una entrevista, Incardona aseguró que: “Para mí, de chico, el Riachuelo era como el Misisipi de Mark Twain, era ese lugar de aventuras”.

Juan Diego vivió la mayor parte de su vida en Villa Celina (La Matanza), uno de los barrios del conurbano bonaerense que integran la Cuenca.

La mayor parte de sus relatos acontecen en ese barrio que pasa a ser “universo” creado por el escritor, en el que recupera imágenes de su infancia, de los bordes del Riachuelo, la contaminación, el potrero.

En otra orilla, la de Valentín Alsina, Mariana Enríquez, pasó su infancia en Lanús y desde su miedo a cruzar el Riachuelo, produjo obras memorables “Cómo desaparecer completamente” o “El Aljibe”, donde describe a una chica que le tiene miedo a un montón de cosas, entre ellas, al Riachuelo.

Mariana tiene el recuerdo del río como un lugar que simboliza el miedo y el terror. “Tenía la fantasía de que había un monstruo abajo, más bien como si el Riachuelo fuera un monstruo”, contó en alguna entrevista mediática.

Cuando fue creciendo, Enríquez pudo transformar ese miedo sufrido de pequeña en su inspiración para escribir cuentos monstruosos.

"Para mí el Riachuelo era algo que se veía siempre de lejos, uno nunca iba al Riachuelo en sí, solo lo cruzaba", reflexiona Muslip.

Y eso hicimos con los escritores, sobre el Transbordador, lo cruzamos, pero también permanecimos, para realizar la lectura de textos alusivos a ese cauce de agua, en una especie de ritual exorcizante.

La lectura de “Grúas Abandonadas en la Isla Maciel”, un Aguafuertes Porteñas de Roberto Arlt, leída por el escritor Mariano Hamilton, sobre la barquilla del Transbordador, detenida en medio del río (literal), fue un momento muy bello, en el cual las propias grúas de fondo y todo el paisaje industrial del Riachuelo, cobraron vida.

“El espectáculo que más llama la atención al entrar en la isla, a pocos metros del puente del Riachuelo, es una guardia de veinte gigantes de acero, muertos, amenazando el cielo con los brazos enredados de cadenas, abandonados quizá hasta la oxidación”, describió Arlt, entonado por Hamilton.

Le siguió un poema de Pablo De Biase, “Aprendí a quererte/ de tanto cruzarte/ por el Puente Viejo/ Viejo Riachuelo/ de Sur y aceite/ renegando de tu aire/ y de tu añejo/ pasado industrial/ de la lágrima de carga/ inclinada sobre el dock/ ese pasado que une/ la Avellaneda de mi futbol/ con el Buenos Aires de mi todo”.

En su poema, De Biase hace referencia al Club Independiente, del que es hincha pero también a la música: al blues de Manal; al Mendigo de Dock Sud, de Moris (quizá la primera letra ambiental en el rock vernáculo) y hasta el trap (si pensamos en Trueno, sus letras y su tatuaje del transbordador en el cuello).

A su turno, Edgardo Scott compartió un texto de su autoría donde relató un cruce en auto sobre el Riachuelo, una mañana cualquiera.

“La literatura puede ayudar a devolverle al Riachuelo, el estatuto de río”, opinó Scott quien nació y creció en Lanús, a 20 cuadras del río. Cuando habla del Riachuelo, alejado de los lugares comunes, su relato incorpora distintos saberes que logra conjugar y expresar en conceptos profundos y simples, como quien tiene claro a qué ha venido y cuál es su aporte. “Me di cuenta de que dos novelas mías, “Exceso” y “Luto”, suceden en la zona, en ese paisaje. El Riachuelo siempre me atrajo y tengo pendiente escribir un gran libro sobre ese río”.

Con el pasar de los minutos y de las palabras leídas, los relatos fueron bendiciendo al monstruoso Riachuelo. El hecho se coronó con un texto enviado por el mismísimo Luis Gusman (quien no pudo asistir debido a la pandemia imperante), para la ocasión: “Este viaje en el transbordador me lleva a aquel río de la infancia. Cierro los ojos y escucho un murmullo, porque al ritmo del agua solíamos bailar en el Club Regatas. Y cuando los abro, sigo mirando hipnotizado, buscando alguna camisa que flote en el río como una bandera. Me hice escritor, como dice Joyce, subordinando las palabras al ritmo del agua. Palabras oscuras y plebeyas, pero de una legitimidad soberana”.

Después de sesenta años de inactividad, el Transbordador volvió a funcionar cruzando sueños, ilusiones, conflictos, emociones, de una orilla a la otra. La Literatura no podía faltar a la cita. Nuestra “Torre Eiffel”, como alguien alguna vez definió al Transbordador, tuvo su abrazo literario y fue encantador.

*Coordinadora de Cultura y Patrimonio de ACUMAR.

BUENOS AIRES, NA
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