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El melodrama más doloroso de la historia argentina: la diva Ada Falcón hundiéndose en la locura, sin remedio

La mayor figura femenina de la primera etapa del tango-canción murió en un convento 60 años después de haberlo abandonado todo, tras el dolor que le causó la ruptura de su relación con el director Francisco Canaro.

Por Carlos Polimeni

La historia del ascenso, el estrellato y la caída pronunciada hasta el desierto de la locura de la primera gran diva de la historia del tango, Ada Falcón, tiene todos los ribetes de una tragedia griega, pero agrega un “quinto elemento”, el amor, en una sucesión de hechos alucinantes, enmarcados en una Argentina mucho más patriarcal que la de hoy, aquella en que la culpa de una mujer por ser libre podía convertirse en una condena a la soledad perpetua.

Una madre sobreprotectora, un padre al que no conoció, una hermana desleal y una relación torturante con un hombre casado, bastante tacaño y cobarde, el famoso director de orquesta Francisco Canaro, le ponen aún más elementos pesados a este dramático cóctel de la vida real, que suma un posible delirio místico seguido de demencia senil, en el largo recorrido de una vida que, para colmo se extendió durante 96 años.

La vida sobre el planeta existe como consecuencia de la presencia previa de los llamados cuatro elementos de la naturaleza –el agua, el fuego, la tierra y el aire- pero desde la aparición de los humanos, dicen la ciencia y una película de 1997 de Luc Besson, hay un “quinto elemento” en principio intangible, el amor, o su ausencia, que produce mutaciones impresionantes, como ocurrió durante la vida de Ada, posible de analizar incluyendo la idea fatalista del “destino”.

La síntesis puede ser hasta cruel: la más bella y cotizada de las cancionistas de la primera era de esplendor del tango eligió a los 37 años “desaparecer” de la escena artística hasta el momento de su muerte, después del dolor que le causó el final contra su voluntad de la relación con Canaro, en un proceso que le llevó la friolera de 60 años, los últimos de ellos internada en un convento ubicado en Córdoba, una especie de dulce refugio final, en las antípodas del glamour de su apogeo.

Las palabras, a veces, son como martillazos, si se piensan, ya que una cosa es decir locura y otra sufrirla (o que la sufra un ser querido, o cercano) así como una cosa es el melodrama como obra literaria, teatral o cinematográfica –se supone que en ella se narran sucesos dramáticos con el fin de exaltar los sentimientos de los espectadores—y otra es cuando los hechos ocurren en la vida real, sin guionistas, ni apuntadores. ni actores representado existencias ajenas.

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Ada Elsa Aída Falcone nació el 5 de agosto de 1905 en pleno centro porteño, pero no conoció a su padre, Miguel Nazar Anchorena –“se enamoró de mi madre, la robó, ella ya estaba embarazada cuando él partió a Francia porque estaba muy enfermo, y allí murió de cáncer”, fue su síntesis al respecto—y desde muy chiquita empezó a cantar en público, de tal manera que cuando comenzó su carrera profesional era una chica llena de experiencia escénica, y de ambiciones.

Entre 1925 y 1938, trabajando el mismo terreno de Libertad Lamarque, Azucena Maizani y Mercedes Simone, mientras era representada por esa madre siempre presente, que además velaba por la carrera artística de otras dos hijas, Ada ascendió con trabajo y entusiasmo por la escalera de la fama, hasta que se hizo carne en sus fanáticos que estaba en la cúspide y, como decían al presentarla en las radios, era “La emperatriz del tango” y ya no “La joyita argentina” de sus inicios.

El éxito en el género que estaba en el centro de la industria del entretenimiento era parte de un combo que sumaba ofertas para grabar discos en continuado, contratos para cantar en las radios y la posibilidad de filmar películas, lo que generaba que por repetición los mejores temas de los artistas populares fueran metiéndose en el inconsciente colectivo, como pasó con el vals “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, que le escribió su amado, y luego odiado, Canaro.

Los ojos verdes de Ada quedarían en la historia gracias a aquella letra, envuelta en una melodía obsesiva e hipnótica. plena de sugerencias: “Yo no sé si es cariño el que siento /yo no sé si será una pasión, /sólo sé qué al no verte/ una pena va rondando por mi corazón.../ Yo no sé que me han hecho tus ojos/que al mirarme me matan de amor/ yo no sé qué me han hecho tus labios/ qué al besar mis labios, se olvida el dolor”.

“¡Qué ojos! Usted no se imagina lo que era yo. Bastaba con mirarme los hoyitos de las mejillas, los dientes, las piernas. Decía Discépolo de mí: "Es tan divina, que hace mal mirarla”, contó en 1992, cuando tenía ya 87 años, aquella musa que había grabado en su esplendor un repertorio con temas a veces proféticos, como “Corazón encadenado”, “Viviré con tu recuerdo” o “Envidia”, y clásicos del nivel de “La pulpera de Santa Lucía”, “Caminito” y “Cambalache”.

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Trabajaba tanto por entonces en exhibirse en un perfil de diva al estilo de lo que vendían las películas que llegaban desde Hollywood que hacía cosas como subirse a su descapotable rojo, acelerando desde la casa lujosa en la que vivía en Palermo Chico hasta la zona ribereña de Vicente López para que el viento secara su cabello, uno de los atributos de su estilo, el de una sex symbol de los años veinte y treinta del siglo pasado.

La entrevista citada, publicada por el diario Clarín, fue producto de alguna de esas veces en que los medios se acordaron luego de su figura y fueron en su búsqueda, o viceversa, en una situación que se dio en contadas ocasiones a partir de 1942, cuando en un gesto dramático se retiró para siempre del canto, vendió la mansión de tres pisos, sus dos autos de lujo, despidió al personal y repartió ropa y joyas entre allegados, antes de pasar unas semanas viviendo en la calle.

¿Sufría desde joven Ada Falcón de un trastorno de personalidad no diagnosticado, y por ende intratable, o ese trastorno penoso se produjo luego de que su narcisismo se viera afectado por el abandono de Canaro, mientras la culpa religiosa iba carcomiéndola inexorablemente, hasta que le llegó la demencia senil, instalada ya en la aparente calma serrana de Salsipuedes (¡sal, si puedes!)?

Los hechos, ordenados con el diario del lunes, indican que una vez que tomó la decisión de abandonar todo se castigó a si misma considerándose una pecadora, redobló una relación enfermiza con su madre, y buscó expiación en el rezo, la dedicación a Dios, el olvido del amor carnal y el desprecio por los placeres materiales, de los que había disfrutado antes un montón, al menos desde que empezó a ganar plata grande en la industria del espectáculo, luego de una infancia llena de estrecheces.

En otra de esas apariciones, que eran como las de un fantasma que se corporizaba de repente para perderse luego en una nebulosa con forma de condena mística, afirmó en 1982: “En plena juventud disfruté de riquezas y belleza, pero luego tuve una visión maravillosa del Señor y no vacilé un instante en dejarlo todo y recluirme en las sierras con mamita, en un convento franciscano, y vivir con humildad. Desde que nací, dormí junto a mi madre, y su muerte me destrozó”.

El proceso de su temprano retiro fue lento: en 1935 decidió que no actuaría más delante del público, por lo cual Radio El Mundo puso a su disposición una pequeña sala “F” (por Falcon) donde nadie la veía, en 1938 se fue de la Orquesta de Canaro en medio de un escándalo, en 1939 compró la casa en la sierras, en 1940 empezó a esconderse de sus propios músicos cantando detrás de un cortinado y en 1942 se deshizo de todas sus pertenencias materiales importantes, en el inicio del camino a su infierno.

La salida de su privilegiado rol de como cancionista de la Orquesta se produjo después de una escena de película: la leyenda narra que la esposa de Canaro, la francesa Marta Gessaume, entró a un estudio de grabación por sorpresa, sabiéndolos juntos y con la sangre hirviendo, la encontró sentada en las rodillas de su marido. sacó una pistola de su cartera y apuntándole a la cabeza le sugirió que rogara por su vida.

Sin embargo, no fue solo el miedo a una esposa de armas tomar que había tolerado años de relación lo que intoxicó su psiquis, en apariencia ya bastante frágil: en plena crisis existencial Ada, dice la leyenda, descubrió que Canaro tenía también una relación de cercanía con su hermana mayor, Adhelma Falcone, qué con menos talento y belleza, pero la misma representante, era una cancionista todoterreno.

Canaro, uruguayo nacionalizado argentino, fue una figura central de su época, como compositor de temas famosos (entre ellos “Se dice de mi”, el clásico del repertorio de Tita Merello, “Adiós pampa mía y “Madreselva”) y sobre todo como líder de una orquesta que triunfó en París durante la década del 20, abonando el terreno que precedió a la consagración de Carlos Gardel, sin olvidar su “Quinteto Pirincho”, en homenaje al apodo de su infancia.

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El periodista Julio Nudler pensó que “con su maciza voz de mezzo, su tensión dramática y su cuidada musicalidad”, Falcón llegó a destacarse entre todas las cantantes de la época porque logró extraer “de cada tema toda la tensión emocional posible, pero sin desviarse del rigor interpretativo más estricto”, con “un marcado afán de perfección: sus versiones son impecables, cuidadosamente estudiadas” y “no transmiten espontaneidad, sino propósito”.

“Emperatriz” y “sacerdotisa” del tango fueron los dos apodos con los que se la definió comercialmente”, escribió Nudler, un experto en la historia del género. “El primero aludía a su estilo imponente, distante, pero también a sus lujos y excentricidades de diva millonaria. El segundo sugería su costado religioso, beato, que devendría místico, no siendo fortuito que un tango suyo se llame “Pecado mortal””.

“Ninguno de estos rasgos eran ajenos al tango, que arrastraba una vertiente aristocrática (la cuestión de las clases sociales se plantea en innumerables letras) y, por otro lado, tenía como una necesidad de redención a partir de su origen presuntamente herético, prostibulario según algunos historiadores”, completó, seguro de que hay que conocer bien la evolución del género para que el estilo de Ada no suene anacrónico.

La relación de aquella pareja de famosos, que se exhibía de noche pero se ocultaba de día, incluye ribetes tan de culebrón que resultó una de las historias elegidas por el canal líder de la televisión argentina, Telefé, cuando en 2010 produjo un ciclo de seis programas especiales para contar grandes temas de la vida nacional bajo el nombre genérico de "Lo que el tiempo nos dejó", en homenaje al Bicentenario de la Revolución de Mayo.

La cuarta producción de esta serie, con guiones supervisados por el historiador Felipe Pigna, fue una cuidada realización de época del cineasta Israel Adrian Caetano, se llamó "Te quiero", con protagónicos de Julieta Diaz y Leonardo Sbaraglia e incluyó como tercero –o cuarto o quinto- en discordia en la tormentosa relación al mismísimo Carlos Gardel, con el que Ada había cantado en el apogeo de su carrera.

También existía entre ambos cantantes una química sexual, según publicó en 2018 el diario La Nación: “Se dice que Gardel la llevaba a caminar por las noches a la Costanera y le decía cosas como: "Piba, piba preciosa, enséñeme a cantar “Yo no sé qué me han hecho tus ojos"” o "Piba, ¿sabe que todos los hombres de Buenos Aires están enamorados de usted?". Canaro, entonces, moría de celos”.

Citando al biógrafo Eduardo Zavala, la nota cuenta que la belleza de Ada enloquecía a los hombres de la época: “Hasta el mismísimo Maraha de Kapurthala le regaló un anillo solitario que valía una millonada. El Marahá estaba loco por ella y se la quería llevar a la India. Era una diosa de la música, estaba en la cumbre de la fama, el dinero y el prestigio y ocupaba la tapa de todas las revistas”.

Los escasos testimonios que hoy existen sobre aquel momento indican que luego del incidente con la esposa y del descubrimiento de una traición de una hermana con la que siempre había competido, el hecho que precipitó su decisión de abandonar el mundanal ruido fue la decisión de ruptura que le comunicó con modales toscos su amado, que era millonario pero tenía fama de muy agarrado.

“No me puedo separar de mi esposa porque tendría que dejarle la mitad de mi fortuna, así que lo mejor es que terminemos para siempre", le dijo Canaro a Falcón, en una escena que aparece una y otra vez en las evocaciones, sin que nadie pudiese ni siquiera imaginar por entonces que luego de las respectivas muertes sus cuerpos afrontarían el llamado descanso final separados por escasos metros, en el Panteón de Sadaic del Cementerio de la Chacarita.

"Estaba harta de la vida del espectáculo, pero lo principal fue el fin de un amor prohibido de muchos años con un hombre casado”, evalúa Zavala a la hora de analizar porque ahí empezó la etapa definitoria del desbarranque mental en 1942 “Eso la llevó a desconectarse totalmente del medio. Ya estaba en un nivel psicológico de inestabilidad y era una mujer muy religiosa que sentía que había estado cometiendo un gran pecado”.

Pero si hay un producto cultural a la altura de la historia de una tragedia amorosa de la vida real de estas proporciones, es la película documental “Yo no sé qué me han hecho tus cosas” (2003) en que el crítico y cineasta Sergio Wolff y la directora Lorena Muñoz construyeron un relato minucioso del misterio de esta vida, invitando a los espectadores curiosos a una travesía emocional con una gran sorpresa final.

Esa sorpresa es el ingreso al mundo privado de Ada en el final de su proceso de retiro de todo, un convento en el valle de Punilla, Córdoba, en un momento en que casi ya no sabe demasiado ni quien fue, ni ha recibido visitas en los últimos quince años, ni ha cantado y simplemente parece vegetar en una silla de ruedas, a la espera de la muerte, que se demora, pero a la que habrá de esperar bien peinada.

“Yo renuncié a todo por Dios”, ha explicado a sus compañeras de convento, según cuenta a cámara una hermana religiosa a la que el periodista le pregunta como un detective. “Hablarle de Canaro es hablarle del mismo Diablo”, agrega. “No sé qué le habrá pasado, pero lo odia. Dice: “Lo que me ha hecho ese malvado””.

Ahora, sentado frente a ella, como un nieto lleno de cariño, Wolf le muestra fotos –“era tan bonita, tan bonita”, dice Ada mirándose joven—, percibe que no lo escucha ni lo entiende ya que está sorda, pero logra que recuerde el vals famoso sobre el hechizo de su mirada, se reconozca en una película con Olinda Bozan y Tito Lusiardo y diga, finalmente, que no amaba a Canaro, al que trata de loco, sino a Dios.

"¡Pobre Ada!… pobre Canaro!", murmura en otros momentos, como si no se reconociera a si misma ni a aquel hombre que la trastornó, y por momentos parece ausente por completo y en otras se enoja y le pide a su interlocutor que deje de grabarla, que no interrumpa la paz coqueta en que parece vivir hace décadas, sin que nadie la encuentre.

Falcón murió en el hogar de ancianos de la congregación de San Camilo, en la localidad de Molinari, cerca de Cosquín, y la casa humilde en que pasó una parte de su vida de retiro, esa que compró en 1939, ha sido reciclada y convertida en La Joyita Casona & Museo de Salsipuedes, que funciona desde hace siete años, bajo la dirección del atento Zavala.

Wolf no salió indemne del tuteo con este drama: muchos años después encontró un rollo de película no usado para el documental porque carecía de sonido, entendió que ahí había otro tipo de respuesta posible a la pregunta clave y con el título de “Viviré con tu recuerdo” estrenó en 2016 un segundo opus sobre ese mismo viaje, buscando en una anciana que no vivía, sobrevivía, la inasible memoria de un pasado pisado.

¿Ahora sí está definitivamente cerrada la historia con Ada Falcón?, le preguntaron en 2016, en una entrevista en que la palabra obsesión flotaba en al aire, como sigue sonando premonitorio el vals que ella cantó pero compuso Canaro. "Nunca se sabe”, respondió el ex director del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici). “Hasta acá está cerrada, pero algo puede llegar a abrirla nuevamente."

BUENOS AIRES, NA
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