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"El rapto de Proserpina", de Gian Lorenzo Bernini

El escultor napolitano poseía el don de poder casi convertir a la piedra en carne, y conferirle vida a un bloque de mármol.

Por Gisela Asmundo.

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Gian Lorenzo Bernini dominó la escena del arte del siglo XVII romano, bajo el patrocinio de los cardenales y papas, desafiando cuestiones artísticas contemporáneas.

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Una serie de estatuas de mármol de gran tamaño encargadas por el cardenal Scipione Borghese para su villa en Roma anunciaron el estilo de Bernini y establecieron su papel como el escultor barroco más importante de Italia.

Esta obra forma parte de un grupo de encargos realizados entre 1621 y 1625, perteneciente al grupo Borghesiano, las mismas le otorgarían a su realizador prestigio y fama.

Las cuatro piezas representan temas mitológicos y bíblicos.

Conformaron este grupo Eneas, Anquises y Ascanio (basado en la Eneida), El Rapto de Proserpina, El David y Apolo y Dafne.

Son obras monumentales, las cuatro permanecen actualmente en la Galería Borghese de Roma.

Aproximación a la obra:

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Como encontrar las palabras justas para expresar tanto dramatismo, empatía y exaltación que emana esta espectacular obra de Bernini.

Sus manos que cincelaron piezas sublimes en mármol parecen haber tenido un toque divino.

Dada la naturaleza sombría de la historia mitológica de esta obra, no sorprende que la escultura de Bernini haya causado asombro en los últimos siglos.

Poco después de su finalización, la descripción sobre una escena tan impactante fue mayormente elogiada.

El hijo del artista y biógrafo Domenico Bernini, comentó sobre la misma:

"un sorprendente contraste de ternura y crueldad”, pero celebrar una escena que representa un secuestro violento puede ser problemático en cualquier contexto.

Por eso para comprender a la obra tendremos que introducirnos en el mito griego, ese es su origen, el «Himno homérico a Deméter» aunque con el correr del tiempo Ovidio en “Las Metamorfosis” también haya narrado la historia del mismo.

La obra es una escultura que pertenece al estilo Barroco desarrollado a lo largo del Siglo XVII Y XVIII.

Fue realizada por Gian Lorenzo Bernini con veintitrés años de edad entre los años 1621 y 1622, y se conforma por tres imágenes, Proserpina, Hades (Dios del Inframundo) y su perro de tres cabezas Cerbero, el guardián de los aposentos del dios.

Las figuras se apoyan sobre un basamento, sus rostros expresan gran emotividad, desarrollando el efectismo escenográfico propio del Barroco.

Como los grupos de este periodo las obras de Bernini poseen un solo “principal" punto de vista y esta insistencia de este punto de vista permanecerá como un principio fundamental del artista; y de los escultores del siglo XVII.

Por la combinación de un solo punto de vista del Renacimiento y la libertad lograda por los Manieristas, Bernini insertó la fundación para una nueva concepción de la escultura en donde todos los elementos son complementarios: el punto de vista único y acción enérgica, la elección de un momento transitorio, el derrumbamiento de las restricciones impuestas por el bloque, la eliminación de diferentes esferas para la estatua y el espectador, y un intenso realismo y sutil diferenciación de textura. (R. Wittkower, 1997, p.15).

En el Rapto de Proserpina, los cabellos y los paños en movimiento le confieren realismo y dinamismo a la misma, lo mismo ocurre con la cabeza del perro Cerbero.

Para que esto ocurra se utilizó la técnica de la serpentinata, que es un concepto tradicional en el arte que designa a la línea o figura que se parece a una forma serpentina en “S”, y el trépano, sobre todo en el pelo y la barba del dios.

Las partes hechas a trépano, presentan profundas incisiones para dar efecto de gran relieve de claroscuro, formado a modo de calados.

Para la inspiración de esta obra es posible, según Rudolf Wittkover, que Bernini mirara a la clásica antigüedad con los ojos de Annibale Carracci, artista admirado por él.

También se ha señalado que la cabeza de Proserpina fue inspirada en los Nióbidas de Guido Reni, más que en Caravaggio. Sobre todo en el aspecto tan emotivo de las lágrimas corriendo por las mejillas y la cavidad de su boca entreabierta.

Bernini logró una sensualidad especial, por los detalles sugerentes, como las lágrimas de Proserpina, los dedos del dios que se hunden en los muslos de la mujer, que parecen de carne y sus brazos en tensión señalando la fuerza y el dominio sobre ella.

Algo que le confiere sensualidad son los dedos de los pies de Proserpina, en tensión evidenciando junto con el movimiento de sus manos el rechazo y dolor ante la violencia que ejerce Hades.

Su carne ceñida bajo los dedos presionados de Hades nos muestra cuán delicada es, ya que casi esperaríamos que grite olvidando que estamos mirando el mármol duro y frío.

Lo que vemos es un momento en el tiempo. Un momento, cuando Hades dio un paso adelante y cambió su peso sobre su pierna delantera, no pudo durar mucho y sabemos que debió seguir adelante.

La obra denota mayor dinamismo justamente por que capta y se despliega en el momento álgido de la acción.

Un momento cuando Proserpina comenzó a estirarse lejos de Hades, y al ver sus músculos flexionados, sabemos que la sostendrá más fuerte.

Al notar a Cerbero, el guardián de tres cabezas del Inframundo, sabemos que su misión casi ha terminado, y la conocida historia continuará en nuestras mentes un lapso después de que dejamos de mirar la escultura.

El mito:

Según la mitología griega, Proserpina (Perséfone en la tradición griega) fue el fruto de la unión entre Júpiter (Zeus), y Ceres (Deméter), diosa de la agricultura y la abundancia.

Persefones (Proserpina) se encontraba en un prado lleno de flores con las hijas de Oceanus.

Una flor magnífica apareció repentinamente de la tierra, y la joven doncella se estiró para recoger la hermosa flor, que fue el detonante de una trampa.

De repente, la tierra se abrió y Hades apareció al grito de Perséfone en su carro dorado y se la llevó al inframundo.

Cuando Deméter descubrió que Perséfone se había ido, se negó a comer y beber durante días mientras buscaba, con las antorchas encendidas, por tierra y mar a su amada hija.

En el décimo día de su búsqueda, Hecate le dijo a Demeter que había escuchado los gritos de Perséfone pero que no había visto quién era el que le había causado tanta angustia.

Fueron a Helios, el dios del sol, que a través de sus rayos podía ver las acciones de los dioses y los hombres. Helios les dijo que Zeus le había dado Perséfone a Hades, para que fuera su esposa. Helios trató de contener la ira de Deméter diciéndole que Hades no era una elección inadecuada para un marido, ya que era dueño de un tercio del mundo y era de la misma familia que Zeus y Deméter.

Este consejo enfureció aún más a la diosa y se llenó de ira hacia Zeus, ella se retiró del Olimpo y vagó por la tierra, obsesionada por la pérdida de su hija. Disfrazada de anciana y abrumada por su pena, Deméter fue descubierta cerca de un pozo por las hijas de Keleos en la ciudad de Eleusis. Le preguntaron sobre su bienestar y Deméter explicó que necesitaba encontrar trabajo como niñera. Las jóvenes le pidieron a Deméter que esperara mientras le preguntaban a su madre Metanira si podían ayudar a la anciana.

Metanira había dado a luz recientemente a un hijo que necesitaba amamantar y por lo tanto estuvo de acuerdo y le pidió a Deméter que criara a su hijo, Demofón.

Demofón creció rápidamente, ungido con ambrosía (sustancia asociada a los dioses) y colocado en un fuego por la noche en el esfuerzo de Deméter para hacerlo inmortal. Sin embargo, una noche Metanira descubrió que Deméter sostenía a Demofón en el fuego y estaba extremadamente asustada por su hijo y detuvo la ceremonia.

Enojada porque Metanira había detenido el proceso, Deméter arrojó al niño y le dijo que habría hecho que Demofón fuese inmortal, ya que ella misma era la diosa inmortal Deméter.

Deméter descartó su disfraz de anciana y reveló su ser divino. Ella exigió que se construyera un templo en su honor.

Metanira estaba tan sorprendida que se olvidó de Demofón. Sus hermanas escucharon sus gritos e intentaron consolarlo, pero él no se sentía reconfortado ya que echaba de menos a su divina niñera.

Al día siguiente, Keleos, el esposo de Metanira, convocó a una reunión de la gente del pueblo y acordaron construir el templo para honrar a Deméter en la colina de la ciudad, Eleusis.

Una vez que se construyó el templo, Deméter se retiró al templo y continuó meditando sobre su hija perdida. Su melancolía causó un gran sufrimiento para los mortales, ya que al año siguiente no crecería nada en los campos ni en ninguna parte de la tierra.

Zeus se dio cuenta de la situación que enfrentaba toda la raza humana y la tierra, que finalmente sería destruida por el hambre y, de manera similar, los dioses del Olimpo también serían privados de las ofrendas y sacrificios de los mortales.

Envió a Iris para tratar de detener a Deméter en su camino de venganza. Pero a Deméter no le preocupaban tales asuntos, ya que todo lo que quería era ver a su hija con sus propios ojos. Entonces Zeus envió a los otros dioses, quienes uno a uno le rogaron a Deméter que cambiara de opinión. Aún así, ella no se conmovió por sus ruegos.

Finalmente, Zeus envió a Hermes al Inframundo para hablar con Hades sobre devolverle a Perséfone a su madre para que su ira se disipara. Hermes le explicó la situación a Hades, quien instó a Perséfone a regresar con su madre. Aunque Hades parecía compasivo con la difícil situación de los mortales y la angustia de Deméter, también quería asegurarse de que Perséfone siguiera siendo su mujer.

Cuando Perséfone estaba a punto de irse, le dio una semilla de granada para comer, que la unió para siempre a él y al Inframundo.

Hermes llevó a Perséfone a su madre Deméter al templo, y se alegraron de reunirse. Sin embargo, Deméter se enojó cuando descubrió que Hades había engañado a su hija para que comiera la semilla de granada, lo que significaba que Perséfone tendría que regresar a Hades.

Perséfone le contó a su madre cómo fue secuestrada y que había comido la semilla de granada.

Hécate se acercó y desde ese momento se convirtió en el asistente de Perséfone.

Zeus luego envió a Rea, la madre de Deméter, a interceder, para que Deméter liberara su ira y salvara la tierra.

Rea le comentó a Demeter que Zeus le ofreció los honores de su elección, Perséfone podría volver al Olimpo.

Le prometió que durante dos tercios del año, Perséfone podría quedarse con ella y los otros dioses, pero durante un tercio del año, tendría que regresar a Hades.

Rea y Deméter estaban felices de volver a verse, y esta última se sintió conmovida por la súplica de su madre y aceptó la oferta de Zeus.

Una vez más, la tierra recuperaría su vitalidad y fertilidad, y florecería con el crecimiento.

Deméter les enseñó a los líderes de Eleusis los ritos sagrados y les reveló los misterios de su templo.

Luego, las diosas ascendieron al Olimpo, donde continuaron viviendo con otros inmortales, excepto Perséfone, que regresó al Inframundo durante un tercio del año.

Por lo tanto esta es la razón de la primavera: cuando Proserpina vuelve con su madre, Deméter decora la tierra con flores de bienvenida; pero cuando regresa a Hades, la naturaleza pierde sus colores, y el otoño se aproxima.

Gian Lorenzo Bernini:

“… aspro di natura, fisso nelle operazioni, ardente nell’ira.” (duro en la naturaleza, firme en las operaciones, ardiente en la ira), Domenico Bernini. su hijo.

En 1644 en Roma, John Evelyn, escribió en su diario: “Bernini…dio una ópera pública en la que pintó las escenas, cortó las estatuas, inventó los motores, compuso la música, escribió la comedia, y construyó el teatro”.

Con estas palabras no es muy difícil imaginar el calibre de tan excelsa naturaleza humana, la manera diferente que Bernini experimentó su vida en este mundo.

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Autorretrato de Bernini, c. 1623.

Fue un artista de rendimiento completo, un ‘uomo universale’ en línea de sucesión de los grandes artistas del Renacimiento, y probablemente el último enlace de esa cadena.

Algunas de sus comedias sobrevivieron, pero solo fue publicada una.

Las circunstancias fueron raras y auspiciosas, porque aquí tenemos un artista con una fértil e inmensa imaginación, una ilimitada capacidad de trabajo y una inigualable manera de trabajar el mármol.

Un don para organizar tareas culturales a gran escala, por lo cual recibió oportunidades sin paralelos en la

historia del arte a través del máximo patronazgo de los grandes papas del siglo XVII y de sus familias.

Comparada con la extensión de su producción, aún la vida de trabajo de Miguel Angel o de Rodin parecen pequeñas.

Él fue más que cualquier otro artista quien le dio a Roma su carácter Barroco.

Y fue su nueva concepción de los santos, de los retratos de busto, de las estatuas ecuestres, de las tumbas, de las fuentes entre muchas otras nuevas creaciones, que determinaron el desarrollo de Italia y aún de las esculturas europeas por más de cien años. (R. Wittkower, 1997, p. 13).

Bernini nació en Nápoles, Italia, el 7 de Diciembre de 1598, hijo de un padre florentino y de una madre napolitana, la mezcla de la precisión Toscana y el temperamento napolitano marcaron su personalidad.

La familia se mudó a Roma aproximadamente en 1605, y fue allí donde Gian Lorenzo vivió hasta su muerte en 1680.

Atado a grandes empresas en la capital romana solo tuvo un momento de alejamiento en su rutina cuando en 1665 viajó a Paris por invitación del rey Luis XIV para rediseñar el Louvre.

No cabe duda que fue un prodigio, en la cuenta de sus grandes hazañas como escultor en su edad más temprana a los dieciséis años, esculpió un grupo del mito conformado por el niño Zeus y un pequeño sátiro siendo amamantado por la cabra Amaltea. Este grupo fue marcadamente un logro para un joven de esa edad, y hasta hace un tiempo la pieza era recordada como un obra de la antigüedad, no solo por la ilustración del tema a tratar, un pasaje de la Geórgicas de Ovidio, sino sobretodo por el incompresible tratamiento realista de la superficie parecido a los trabajos del los artistas Helenísticos.

Un tiempo breve después Bernini crearía sus primeras figuras religiosas de tamaño natural de San Lorenzo, su santo patrono, y San Sebastían, la primera evidencia del patronazgo de Bernini. Ambas derivan de las fórmulas Manieristas, pero la precision anatómica y el infalible sentido por la coherencia orgánica y la estructura del cuerpo humano elevan allí las figuras muy por encima de la masa de las producciones estereotipadas contemporáneas.

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San Sebastian, 1616 - 1617, mármol. 98 x 42 cm. Colección privada depositada en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

El padre de Gian Lorenzo, llamado Pietro, también era escultor, un talentoso pero menos hábil escultor manierista tardío; estuvo comprometido por una cantidad de años después de su arribo a Roma, en el trabajo de Santa Maria Maggiore para el Papa Borghese, Pablo V.

Y fue a través de esta afortunada circunstancia que el talento de Gian Lorenzo, estando aún en su niñez atrajera la atención del Papa y de su rico y poderoso sobrino, el Cardenal Scipione Borghese.

La Cabra Amaltea fue su primer trabajo para la familia, seguido tempranamente por el primer retrato de busto del Papa, en el cual Bernini descartó los últimos residuos de la falta de forma manierista.

Una serie de estatuas de mármol de gran tamaño encargadas por el cardenal Scipione Borghese para su villa en Roma anunciaron el estilo novedoso de Bernini y establecieron su papel como el escultor más importante de Italia. Una de estas obras, Apollo y Daphne (1622–24; Galleria Borghese, Roma), ilustra el tema típicamente barroco de la metamorfosis. Las variaciones sutiles en la textura del mármol crean la ilusión de una carne humana suave que se transforma en las hojas y la corteza de un árbol. La estatua de David (1623; Galleria Borghese) captura al héroe bíblico en el clímax de su acción. Al expandirse sobre la fascinación de Miguel Ángel con el cuerpo humano, Bernini agregó torsión para crear una figura dinámica que se extiende al espacio del espectador.

Una de sus obras maestras, El éxtasis de Santa Teresa (1647–52; Capilla de Cornaro, Santa Maria della Vittoria, Roma), presenta una figura mística que está abrumada físicamente por una visión milagrosa. Funcionando como una especie de cuadro vivo con bustos de miembros de la familia Cornaro que parecen servir como testigos, la composición refleja la experiencia de Bernini como escenógrafo. La fusión de arquitectura, pintura y escultura se intensifica aún más por la combinación de piedras de colores.

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El éxtasis de Santa Teresa Gianlorenzo Bernini (1652). Transepto occidental de Santa Maria della Vittoria (siglo XVII) Roma.

Bajo el papa Urbano VIII, Bernini recibió la primera de varias comisiones para San Pedro: el enorme baldacchino de mármol, bronce y dorado (1623–24) para colocarse sobre el altar papal.

Poco después, comenzó un monumento a Urbano VIII (1627-1647), una obra que definió la iconografía de los futuros monumentos funerarios papales. En la obra posterior de la Cathedra Petri (1657-1666), colocada en el ábside para encerrar el antiguo trono que se cree es el de San Pedro, la luz natural se intensifica mediante rayos dorados dispersos para crear un entorno divino. Enmarcado visualmente por las columnas del baldacchino anterior, la obra sagrada captura inmediatamente la atención del espectador. El último trabajo de Bernini para San Pedro, iniciado bajo el Papa Alejandro VII, fue el diseño de la plaza gigante que conduce a la iglesia (1656-1667). Él mismo comparó el espacio ovalado definido por dos columnatas independientes con la iglesia madre que extiende sus brazos para abrazar a los fieles.

En 1642-1643, Bernini trabajó en un diseño de fuente para la Piazza Barberini. La fuente del Tritón resultante, con sus motivos orgánicos y naturales, honró el cercano Palacio Barberini y ejemplificó el uso avanzado de acueductos por parte de Roma. Un boceto de la fuente muestra a la deidad marina sentada sobre cuatro delfines entrelazados, levantando una caracola a sus labios, creando una cascada de agua.

La posterior Fuente de los Cuatro Ríos (1648–51, Piazza Navona, Roma) demuestra el conocimiento de Bernini de los principios de ingeniería. En este complejo concetto (invención poética), las personificaciones de los Cuatro Ríos se encuentran alrededor de una cuenca de agua. Una formación rocosa naturalista sostiene un obelisco monumental, creando la ilusión de una torre mágicamente suspendida.

Un bronce de Santa Inés moldeado por una modelo de Bernini muestra la calidad impulsiva de su terracota bozzetti. La postura lateral de la figura es típica de las figuras que coronan las columnatas de la Plaza de San Pedro. Como escultor muy buscado, Bernini dependía cada vez más de sus asistentes para completar esculturas basadas en sus diseños. También pintor, creó varios autorretratos en las décadas de 1620 y 30 que recuerdan el estilo tenebroso de Velázquez.

En contraste con su competidor Francesco Borromini, el carácter sociable de Bernini le permitió mantener buenas relaciones con sus clientes. Hombre de gran fe, asistía a misa todos los días y practicaba ejercicios religiosos contemporáneos. Sus caricaturas abreviadas de figuras prominentes, incluido el Papa Inocencio X, exponen un lado más ligero de su personalidad y un ingenioso sentido del humor.

Una vida demasiado productiva y exitosa para poder describirla en palabras.

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Fuente de los Cuatro Ríos, Piazza Navona, Roma, Italia. La estatua del Danubio está en primer plano a la derecha, la del Río de la Plata está medio sombreada a la izquierda.

Por Gisela Asmundo, licenciada en Historia del Arte.

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